16 mayo 2007

¿Y no hay más opciones?

"Bestsellerizarse" o morir

Hace apenas velnte años, una familia de clase media leía a Var­gas Llosa, a García Márquez, a Günter Grass, a Max Frisch, a Heinrich Boll y, a lo mejor, si querían darse aires de culture­tas, hasta se atrevían con Ja­mes Joyce o con Robert Musil. Hoy, la misma familia lee a Dan Brown, a Dan Brown, a Dan Brown, a Dan Brown y, a lo mejor, si se pasan por el VIPS de la esquina, a alguno de los tropecientos primos hermanos que le siguen saliendo a Dan Brown. No hay más que remitir­se a las listas de ventas.

Un fenómeno semejante se presta a diversas interpretaciones. De entrada, tenemos a los catastrofistas que, fieles a su per­sonaje, se echarán las manos a la cabeza. Nos dirán que el ni­vel cultural no deja de bajar. Que si la LOGSE, que si los SMS, que si el apocalipsis. Los oigo y me viene a la mente el texto de cierto respetable profe­sor de la Primera República que ya en el siglo XIX se quejaba de la decadencia de la educación española y se preocupaba muy seriamente porque el nivel inte­lectual de las nuevas generacio­nes bajaba a marchas forzadas (qué pensaría si echara un vista­zo a los discursos de nuestros políticos). Es una cantinela muy vieja. Como decía un escritor egipcio del siglo veintiocho an­tes de Cristo: “Oh, Amón, ¿qué sentido tiene escribir, si ya está todo dicho?".

Los que no tengan tantas an­teojeras, por su parte, observa­rán que rara vez ha habido un momento de eclosión cultural e informativa tan importante, y que si bien la literatura no pare­ce en alza, hay otros territorios - en especial informáticos - ­que están atrapando en sus bri­llantes redes a buena parte de las neuronas. Mi humilde opi­nión es que la inteligencia me­dia de la humanidad en cada estadio se mantiene más o menos al mismo nivel - y, si acaso, globalmente se incrementa -, sólo que en función de las épo­cas se va concentrando en tal o cual dominio que resulta coyunturalmente más atractivo. En definitiva, que salvo las puntuales travesías por el desierto (y no me parece que sea el caso), lo que se pierde por un lado se gana por el otro.

Eso no quita que el declive de la cultura literaria parece in­cuestionable. ¿Los responsables más directos? Por una parte, la dura competencia que le hacen al libro las nuevas tecnologías en lo que a ocio se refiere (yo mismo, de haber nacido veinte años después, habría pasado más horas con la X-Box y me­nos con Edgar Rice Burroughs). Por otra, la propia industria edi­torial. No es que me parezcan exigibles las tiradas de 100.000 ejemplares de Musil o de Joyce: me aburren soberanamente. Pe­ro las de tres millones de Dan Brown tampoco parecen im­prescindibles más allá de una lógica exclusivamente mercan­til. Sin desprecio por la pecu­nia, creo que el ciudadano con­sume en buena medida la cultu­ra que le dan, y que se le puede educar y de hecho se le educa desde los escaparates. Por po­ner un ejemplo televisivo: cuan­do no había programas del cora­zón, l@s maruj@s catódicos encontraban lo que les gustaba dentro de lo que se les ofrecía y no despreciaban, llegado el ca­so, los debates culturales de La clave. Bien es cierto que una vez que una cadena empieza a ganar dinero con pornografía, las otras acaban obligadas a se­guir el modelo. Pero de ponerse de acuerdo unos cuantos pica­tostes, se podrían arreglar bas­tante las cosas.

¿Significa ello que la literatu­ra se está extinguiendo? Sólo si se deletrea con mayúsculas. Por­que, pese al declive de la cultura escrita, resulta que en el mundo se editan y se venden más libros que nunca, y también es mayor que nunca el número de escrito­res que se pueden dedicar profe­sionalmente a ello. Eso tendría que ser un motivo para la ale­gría. Pero lo cierto, repito, es que el número no implica diver­sidad y que lo que se está pro­duciendo es una progresiva bestsellerización del sector. Ello se constata doblemente. Por una parte, las propias editoria­les, si uno se fija, están empezan­do a renunciar a sus formatos clásicos, a aquellos diseños que caracterizaban a la casa, para camuflarse en lo posible en ese mercado tan suculento y llama­tivo del best seller. Por otra, los propios escritores se van dando cuenta de que si no se bestselleri­zan mínimamente, añadiendo un punto de comercialidad te­mática y de suspense, se acaban quedando fuera de juego y te­niendo que dedicarse a estudiar oposiciones, cosa bastante tris­te, se lo concedo. Es un fenóme­no que tiene un paralelismo evi­dente con el cine, donde cada vez son más raros los artistas que insisten en su vía de autor, sino que por lo general pasan de dirigir Los duelistas a Gladia­tor, de Sospechosos habituales a Superman, de Memento a Bat­man begins.

Los hechos no pueden ser más claros y las consecuencias tampoco: los lectores deman­dan un tirón narrativo al que para bien o para mal les hemos acostumbrado, y todos los que queramos dedicamos profesio­nalmente a esto tendremos que plegamos antes o después. ¿Las alternativas? Ninguna: o bestse­llerizarse o morir. Cada cual se­gún su conciencia.

[José Ángel Mañas, en El País del pasado viernes 11 de mayo de 2007]

(Reproduzco el artículo aquí al completo ya que solo los suscriptores de El País pueden acceder a la versión completa del mismo por Internet. La imagen está tomada de aquí.)

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Justamente vinimos a encontrarnos con este artículo el mismo día que en el boletín de novedades que por correo electrónico me envía una gran cadena de librerías se anunciaba la última novela traducida al español de John Crowley, titulada La novela perdida de Lord Byron, en los siguientes términos:

"En una tormentosa noche de 1816, Mary Shelley, Percey Shelley y Lord Byron se desafiaron a escribir una historia de miedo. Como resultado, Mary Shelley creó a Frankenstein, mientras que Lord Byron cejó en su empeño y abandonó el relato. Pero ¿y si lo hubiera terminado?. Hoy, siglos más tarde, una joven historiadora encuentra documentos que demuestran que el mítico autor romántico llegó a escribir la novela y que el manuscrito fue salvado de la destrucción y cifrado en un misterioso código por su hija."

En negrita, los indicios de que
a) Crowley ha caído en la tentación de bestsellerizarse
b) La cadena de librerías encargada de hacer el resumen, está intentando "bestsellerizar" a Crowley.
Ojalá la opción correcta sea la b)...

9 comentarios:

Palimp dijo...

Pues yo no estoy nada de acuerdo... ¿De dónde saca que:

Hace apenas velnte años, una familia de clase media leía a Var­gas Llosa, a García Márquez, a Günter Grass, a Max Frisch, a Heinrich Boll y, a lo mejor, si querían darse aires de culture­tas, hasta se atrevían con Ja­mes Joyce o con Robert Musil.

?

Yo he visto muchas bibliotecas de clase media de hace veinte años -cuando entro en una casa es lo primero que miro- y no encuentras a Max Frisch no queriendo (no digamos a Joyce). A García Márquez, quizás, pero lo más normal es encontrar el equivalente al Dan Brown de la época.

LittleGrassHopper dijo...

Yo no sé lo que habría en las bibliotecas personales de hace 20 años, pero lo que sí puedo afirmar (y no quiero ser pesimista, sólo empírica) es que el nivel lector en las escuelas ha caído en picado. Me las veo con mil dificultades cuando cada trimestre tengo que escoger una lectura para catalán y otra para castellano para cada nivel de la eso. Pensad que para 3ºESO (o sea 14-15 años) El diario de Ana Frank, les es costoso de leer... Pero para qué esforzarse si puedes enchufarte en vena La fortaleza digital... ahí radica, creo yo, el problema, que algunas lecturas no requieren esfuerzo, sencillamente las lees. ¿Será eso malo?

Petrusdom dijo...

No me creo lo de Mañas de las bibliotecas en una familia media de hace 20 años.
La literatura tiene el mismo porvenir que hace tres mil años: siempre que alguien quiera narrar una historia a alguien, primero lo pensará y después lo escribirá. Otra cosa diferente es el soporte y otra, para mí la más importante, el ingenio de los creadores y los deseos(amor, filo-) de saber (sofía). Y no hablemos de la religión...las tres occidentales están fundamentadas y por escrito en tres libros sagrados, y ya sabemos todos lo de: con la Iglesia hemos topado.
Gracias por tu excelente trabajo.

Lucía dijo...

Estoy de acuerdo con los demás. ¿Cuántas familias, hace 20 años, leían a Joyce o a Musil? Eso de que "cualquier tiempo pasado fue mejor" siempre me ha parecido una falacia. La oferta cultural hoy en día es más amplia que nunca, las posibilidades de leer, escuchar música, escribir, fotografiar, dibujar...son infinitas; lo importante es que la gente esté dispuesta a implicarse y participar.

sfer dijo...

Qué curioso... Yo esperaba un debate sobre la bestsellerización y me encuentro con un debate sobre las bibliotecas de las familias de clase media de hace 20 años... Y creo que tenéis razón. Ni un Musil, y mucho menos un Joyce, en las estanterías de casa.

Me guardo en la manga un post sobre las bibliotecas de nuestros padres...

martín gómez dijo...

Aunque me parece que en su artículo el autor toca algunos puntos interesantes, me molesta esa idealización del pasado y de su atmósfera intelectual. ¡Ni que todas las familias fueran o aspiraran a ser como Sartre y Simone de Beauvoir!

Espero con ansias tu entrada sobre las bibliotecas de nuestros padres. Mil gracias por el artículo.

pelao dijo...

que prosiga la banalizacion por un lado y la balcanizacion por el otro...mientras haya que leer! tanto monta un joyce como un mortadelo como un brown en pepitoria como un sachermasoch....en la eleccion nos definimos, no en la proyeccion de un mercado infinitamente menos sutil que la puesta en escena de nuestras dudas, de nuestros anhelos de evadir ese ennui, que es griton y silencioso a la vez....blog on!

Fer dijo...

En mi modesta (y tardía) opinión, el nivel medio de la cultura está en declive desde el momento en el que entra en juego su mercantilización.
(O prostitución, lo mismo da).
Le ha ocurrido, sobre todo, a la música y a la literatura. Eso no quiere decir que haya grandes obras en el presente o en el futuro, sino que ha aumentado peligrosamente el volumen de la bazofia que se publica.
En cuanto a las bibliotecas de hace veinte años, poco puedo alegar. Más que nada, porque yo tenía cinco añitos y, como mucho, leía clásicos resumidos o algún tebeo.
Pero sí reconozco que mis padres me inyectaron en vena el placer de la lectura. En mi casa sí encontraríamos obras de Musil o García Márquez, aunque no sé si ello es aplicable al resto de la sociedad.

Anónimo dijo...

Pues yo creo que si no fueran "bestsellizados" tendriamos solo libros tostones in tragables