09 febrero 2016

Leonora

[...] se marchaban llevándose consigo un poco la gracia de aquella mujer que no era hermosa pero a la que encontraban sublime, cosa que, en aquel lugar lleno de arte, resultaba insólito, ya que ella no era música, no pintaba ni escribía, y se pasaba el día conversando con espíritus más brillantes que ella. Pero a pesar de que no viajara y de que no tuviera querencia por los cambios, a pesar de que muchas mujeres con el mismo destino no fueran sino elegantes, Leonora Acciavatti era un universo. De heredera prometida a engorro de su casta, el destino la había convertido en un alma soñadora dotada del poder del más allá, tanto que, junto a ella, uno sentía nacer ventanas al infinito y comprendía que sólo ahondando en un mismo se escapa de las cárceles.

***

Un personaje más para mi colección, este de La vida de los elfos, de Muriel Barbery (que, en general, está resultado más bien decepcionante - pero no la culpo... después de La elegancia del erizo, hubiera sido casi un milagro.)


19 enero 2016

[ANONYMOUS] Lo de las librerías

[El siguiente mensaje ha llegado a mi buzón, y creo que vale la pena dejarlo por aquí, a ver qué pasa...]

Uf, lo de las librerías, pequeñas, grandes; lo de los editores. Es como la eterna "crisis del teatro". En cierto modo, el tema me provoca cierto asqueo, en el sentido de que, en el fondo, muy poca gente defiende la lectura como un acto que, simplemente, te ayuda a sobrellevar mejor las cosas feas de la vida –y también las bellas–. Es algo que ni te hace mejor ni peor, ni más culto ni más bueno ni más nada. En mi opinión, te acompaña, que ya es mucho, que una buena compañía es difícil de encontrar.

Cuando librerías y editoriales hablan de fomentar la lectura, en general solo leo: DINERO, DINERO, COMPRAS, VENTAS, DINERO. Las librerías pequeñas quieren vender, lo mismo que las grandes, y no trabajan por amor al arte (como es lógico, por otro lado, porque todos, por desgracia, necesitamos dinero). Y en general casi todas –como casi todo el resto de negocios– se prestan a la porquería del consumismo, como nosotros, como la Navidad y como todo esto. Y las editoriales, en general –repito, no todas, luego concreto–, tres cuartos de lo mismo.

Ya sé que todos trabajamos por dinero, porque lo necesitamos, porque todo cuesta dinero. Pero, pues eso, invertir la cesta entera en E. L. James porque es E. L. James –o en quien sea porque se haya hecho un nombre, al margen de si es bueno o malo, y con ello no juzgo a E. L. James, es solo un ejemplo– es estar vendido al dinero. Si los editores optan por editar libros de Belén Esteban que ni siquiera ha escrito Belén Esteban, eso es lo que fomentan y hechos son amores. En ese sentido, muchos pequeños editores se salvan y están haciendo las cosas bien, que eso también hay que decirlo.

Pfff, no sé, puede que me equivoque. Vaya, seguro que me equivoco, pero me parece todo tan hipócrita, tan sucio. La ley del precio fijo, por ejemplo, naturalmente sirve para proteger al librero pequeño, al editor pequeño, pero obviamente perjudica al lector empedernido pequeño, porque muchos lectores empedernidos pequeños no tienen para comprarlo todo. De hecho, muchos lectores empedernidos pequeños usan las bibliotecas, verdaderas fomentadoras de la lectura. Porque –¿en serio hay que decirlo?– comprar no equivale a leer. ¿Quién protege el bolsillo del lector pequeño? ¿Quién fomenta su bienestar y su sueldo? ¿No sería solidario hacerle una rebajita?

Creo que llevamos demasiado tiempo confundidos: las librerías son un negocio, ya sean pequeñas o grandes, y su objetivo principal no es fomentar la lectura, es fomentar sus ventas. La confusión vendría a ser la misma que afirmar, por ejemplo, que la principal motivación de los bares es fomentar la nutrición o luchar contra el hambre, o que las farmacias fomentan la salud. O puede que yo haya caído en el abismo del cinismo porque el mundo me ha hecho así.

No sé, a ver, y esto hay que cogerlo con pinzas, pero: si Amazon vende los mismos libros más baratos, ¿no está fomentando más la lectura? He oído alguna vez comentarios despreciativos hacia las Re-Read por parte de libreros pequeños que dicen que "eso no son librerías; son supermercados de libros". Vale, pero igual resulta que fomentan más la lectura porque ofrecen libros contemporáneos en muy buen estado a un precio muy asequible para el consumidor pequeño. Además, a mi modo de ver, son otro tipo de negocio complementario, no sustitutivo. ¿Por qué atacarlas así?

Por supuesto que hay negocios más sostenibles que otros y negocios que hacen el menor daño posible, no como Amazon, que ahora mismo seguro que está evadiendo impuestos en alguna parte o amargando a algún librero. Pero el sistema entero está envilecido por el dinero, que es la primera motivación en (casi) todo y el primer impedimento también.

Cuando se habla de "fomentar la lectura" a todo el mundo se le llena la boca, pero, a ver, se puede leer mucho y bien en bibliotecas, y desde luego no creo que la principal motivación de los bares sea luchar contra el hambre, por mucha comida que sirvan.

Supongo que lo que me asquea es ese hacer ver que no, ese simular que un negocio pequeño, es en realidad una ONG o algo por el estilo por el mero hecho de ser pequeño. Claro que, OJO, la solución debe venir de otro lado: para fomentar el consumo justo primero hay que tener sueldos justos. Amazon y colosos similares sacan más provecho de la precariedad de nuestros sueldos –permitida por gobiernos sin ningún afán de promover la lectura– que de las limitaciones de las pequeñas librerías. Lo mismo que IKEA. ¿Qué mejor que comprarle los muebles al fabricante artesanal de al lado? Pero es que resulta que hay que amueblar TODA la casa y un paragüero no da tanto de sí. Además, cuando hablamos de libros, hablamos –en su inmensa mayoría– de productos que vienen todos del mismo sitio: de un editor y hechos en serie, no de productos artesanales ni de cultivo ecológico, etc. Así que, ¿por qué tenemos que pagar más por lo mismo? Sí, naturalmente, para que los impuestos se queden aquí y para que el librero pueda seguir con su negocio, lo cual no tiene nada que ver con el fomento de la lectura y en cambio sí mucho que ver con el sueldo del librero y con el sueldo del consumidor. Estoy más que a favor del consumo responsable, pero con tanta responsabilidad me consumo el sueldo en tres días, con mucho dolor de estómago. De hecho, el consumo responsable lo que pide ahora mismo es PARAR, no editar más, compartir lo que tenemos, usar las bibliotecas, no talar más árboles y todo eso. El consumo responsable es el anticonsumismo.

No estoy en contra de los negocios pequeños. Muy al contrario. Se me parte lo de dentro cuando muere un bar Manolo, cuando cierra una librería de librero. Da gusto hablar con el señor de Documenta porque sabe de qué habla. Qué maravilla lo que hace Impedimenta. Qué buenas las croquetas caseras. Me encantan. Yo lo que estoy es a favor de fomentar sueldos dignos para todos. En cuanto a leer, que cada cual haga lo que guste. Leer es un vicio y una necesidad para los que leemos, un placer que nos da pena pensar que otro se pierda, y, como amante incondicional de la lectura, en el fondo creo que todo el mundo se entendería mejor si todo el mundo leyera, aunque al mismo tiempo sepa que probablemente no sería así. Pero tampoco estoy por el paternalismo de ir diciéndole a la gente lo que tiene que hacer. El que no quiera leer, que no lea. Eso sí, no confundamos fomentar con endilgar, que sin enfermedades no hay farmacias.

Mira, esto es como lo de las adaptaciones de clásicos, que si son fundamentales para inoculárselos a los niños, que si son un pinopuente y blablablá. No, son un negocio, un lucrativo negocio editorial: de un libro que podía salir gratis o muy barato y servir "para siempre, para todas las edades y para toda la familia" hacen veinticuatro para dieciocho niveles. Pero ¿qué sentido tiene que un chaval lea El Quijote si no es el de Cervantes? ¿Acaso la literatura no era forma y fondo? ¿No era un arte? ¿Podemos trapichear con el arte, quitarle el pelo a las meninas para ponerles nuestro peluquín? No es solo lo que se dice, sino cómo se dice, ¿no? Eso es lo que hace de un libro un clásico, una obra de arte. ¿No era eso? ¿Te imaginas la infamia de enseñarle a los chavales un garabato del Guernica hecho por mí porque aún no están preparados para saborear el de Picasso? Luego a los veinte creerán que ya lo han visto. Y oye, mira, en matemáticas empecemos diciéndoles que dos y dos son veintidós, que ya tendrán tiempo luego de saber que son cuatro. Ah, eso no. Pero con la literatura vale todo. ¿En qué momento se nos ocurrió que era buena idea recortar y pegar una obra de Dickens? En mi opinión, eso no es fomentar la lectura, es fomentar las ventas. Y sin embargo, sí, también yo he pecado, porque eso es lo que hacemos por dinero. Soy una contradicción.

O no.

Yo qué sé.

El tema es muy largo y muy complejo. Y es muy probable que me equivoque en todo. De hecho, puede que mañana no piense lo mismo. Ni siquiera sé para qué sirve nada, y menos hablar. Ahora, hala, que me tiren piedras. Yo me voy a leer.

12 enero 2016

2015 - la lista

Menos mal que sigo manteniendo la costumbre de llevar un diario de lecturas, porque llega el final del año y soy incapaz de hacer memoria de muchos de los libros que he leído durante los pasados doce meses... y la verdad es que con la cosecha de este pasado 2015 me ha costado hacer un "top ten" (tanto, que he hecho un poco de trampa), de tantas lecturas como hay que me han gustado muchísimo - aunque no tanto como para decir que sean IMPRESCINDIBLES. No hay nada imprescindible en esta vida. Pero si alguien cree que comparte gustos lectores conmigo, o le atraen los pequeños fragmentos que voy a dejar por aquí, quizás deba dar una oportunidad a alguno de estos libros...

[en orden de lectura]

Artesanos de la belleza de la propia vida, de Ángel Gabilondo.
[ensayo]

[...] no nos rindamos ante un mundo tecnocrático, tecnológico, técnico, que ha hecho de la utilidad un bien absoluto, y de la rentabilidad y del valor, el olvido de toda valentía o valor. El mercado ha venido a ser un mercado de valores. Todo se ha puesto perdido de valores. Pero el valor del que yo quiero hablar aquí es el valor de vivir, de hacer de nuestra vida una obra de arte, de dar belleza a nuestra propia vida. Quiero hablar de que seamos bellos por nuestra forma de vivir, de que vivamos de tal manera que resulte bello lo que hacemos.

Stoner, de John Williams. (¡Gracias Ilumi!)
[novela]

En su año cuarenta y tres de vida, William Stoner aprendió lo que otros, mucho más jóvenes, habían aprendido antes que él: que la persona que uno ama al principio no es la persona que uno ama al final, y que el amor no es un fin sino un proceso a través del cual una pesrona intenta conocer a otra.

Más o menos yo, de Miquel Duran. (¡Gracias tertulias de Al·lots!)
[novela]

Pasen por aquí...

La utilidad de lo inútil, de Nuccio Ordine.
[ensayo]

[...] si dejamos morir lo gratuito, si renunciamos a la fuerza generadora de lo inútil, si escuchamos únicamente el mortífero canto de sirenas que nos impele a perseguir el beneficio, sólo seremos capaces de producir una colectividad enferma y sin memoria que, extraviada, acabará por perder el sentido de sí misma y de la vida. Y en ese momento, cuando la desertificación del espíritu nos haya ya agostado, será en verdad difícil imaginar que el ignorante homo sapiens pueda desempeñar todavía un papel en la tarea de hacer más humana la humanidad...

Paisaje con grano de arena, de Wisława Szymborska. (¡Gracias Carmen!)
[poesía]

Ante hechos semejantes me abandona la certeza
de que lo importante
es más importante que lo que no importa.

The first bad man, de Miranda July. (¡Gracias Alfonso!)
[novela - en castellano: El primer hombre malo]

You know what? Forget what I just said. You’re already a part of this. You will eat, you will laugh at stupid things, you will stay up all night just to see what it feels like, you will fall painfully in love, you will have babies of your own, you will doubt and regret and yearn and keep a secret. You will get old and decrepit, and you will die, exhausted from all that living. That is when you get too die. Not now.

El barrio, de Gonçalo M. Tavares.
[nnnovela? relatos?]

El señor Calvino.
El señor Juarroz.

Green Town: el vino del estío y el verano del adiós, de Ray Bradbury. (¡Gracias Jordi!)
[novela]

- Tom, dime la verdad.
- ¿Qué verdad?
- ¿Qué ha ocurrido con los finales felices?
- Puedes verlos en el cine, los sábados por la tarde.
- Sí, pero ¿y en la vida real?
- Sólo sé decirte que cuando me acuesto de noche me siento muy bien. Es el final feliz del día. A la mañana siguiente me levanto y quizás las cosas anden mal. Pero me basta recordar que esa noche me iré a la cama, y que estar acostado un rato arregla las cosas.

The hours, de Michael Cunningham.
[novela - también traducida - y la película es estupenda]

I am trivial, endlessly trivial, she thinks. And yet.

El nadador en el mar secreto, de William Kotzwinkle. (¡Gracias Tina!)
[nouvelle]

Sólo hemos de seguir adelante, con los ojos abiertos, contemplando con atención lo que hacemos sin pensar en nada ajeno a la tarea. Entonces, fluimos con la noche.

***

Y la trampa que les decía: a estos diez, no me resisto a añadir...

Dos libritos de narrativa infantil:
- Historia de Nadas, de Andrés Barba y Rafa Vivas (¡Gracias Piu!).
- ¿No hay nadie enfadado?, de Toon Tellegen y Marc Boutavant (¡Gracias Glòria!).

Dos cómics:
- Asterios Polyp, de David Mazzucchelli.
- Yo, asesino, de Antonio Altarriba y Keko.

***

Los comentarios están abiertos, por si a alguien le apetece dejar su mejor lectura del año...

31 diciembre 2015

El libro justo en el momento justo

- ¡Pero tú eres el incinerador jefe! ¡En tu casa no puede haber libros!
- El delito no es tener libros, Montag, ¡es leerlos! Sí, de acuerdo. Yo tengo libros. ¡Pero no los leo!
Aturdido, Montag aguarda la explicación de Beatty.
- ¿No ves la belleza, Montag? Yo no leo nunca. Ni un libro, ni un capítulo, ni una página, ni un párrafo. Pero sé jugar con la ironía, ¿no es cierto? Tener miles de libros y no abrirlos nunca, darle al montón la espalda y decir: No. Es como tener una casa llena de hermosas mujeres y sonreír y no tocar... ni una sola. De modo que ya ves, no soy ningún delincuente. Si alguna vez me pillas leyendo, sí, ¡entrégame! Pero este lugar es tan puro como el dormitorio de una muchacha virgen en una lechosa noche de verano. Estos libros mueren en los estantes. ¿Por qué? Porque lo digo yo. Ni mi mano ni mis ojos ni mi lengua les dan alimento o esperanza. No valen más que el polvo.
- No entiendo cómo no te sientes...
- ¿Tentado? - exclama el jefe de bomberos -. Oh, eso fue hace mucho. La manzana fue comida y ya no existe. La serpiente ha vuelto al árbol. El jardín es hierbajos y moho.
- En un tiempo... - Montag titubea y luego sigue: - En un tiempo tú debes haber querido mucho los libros.
- ¡Touché! - responde el jefe -. Por debajo del cinturón. En la mandíbula. Con el corazón partido. Las tripas abiertas. Oh, Montag, mírame. El hombre que amaba los libros; no, el muchacho disparatado, demente por ellos, que se trepaba a las pilas como un enloquecido chimpancé.
"Me los comía como si fueran ensalada; los libros eran para mí el sandwich del almuerzo, la merienda, la cena y el bocado de medianoche. ¡Arrancaba las páginas, me las comía con sal, las ensopaba con deleite, mordisqueaba las costuras, pasaba capítulos con la lengua! Docenas, cientos, billones de libros. Llevé tantos a casa que anduve años jorobado. Filosofía, historia del arte, política, ciencias sociales; nombra el poema, el ensayo, la obra de teatro que quieras: me los comí todos. Y después... después... - la voz del jefe de bomberos se apaga.
Montag lo apremia: - ¿Y después?
- Bueno, me sucedió la vida. - El jefe cierra los ojos para recordar. - La vida. Lo de costumbre. Lo mismo. El amor que no marcha del todo, el sueño que se vuelve agrio, el sexo que se hace pedazos, las muertes demasiado rápidas de amigos que no lo merecen, el asesinato de uno, la locura de otro, la lenta muerte de una madre, el suicidio brusco de un padre... una estampida de elefantes enfurecidos, un ataque total de la enfermedad. Y por ninguna parte, ninguna, el libro justo en el momento justo para rellenar la grieta de la presa que se viene abajo y contener la inundación, o recibir una metáfora, perder o encontrar un símil. Hacia el final de los treinta años, al borde ya de los treinta y uno, recogí mis pedazos, cada hueso roto, cada centímetro de carne escoriada, magullada o herida. Me miré en el espejo y perdido bajo el asustado rostro de un joven vi un viejo, vi odio por todo, por cualquier cosa, nombra la que sea y la maldeciré, y abrí las páginas de los magníficos libros de mi biblioteca y ¿qué encontré? ¿Qué, qué?
Montag se aventura: - ¿Páginas vacías?
- ¡Premio! ¡Sí, en blanco! Bah, estaban las palabras, de acuerdo, pero me resbalaban por los ojos como aceite caliente, sin ningún significado. Sin ofrecer ayuda, ni consuelo, ni paz, ni abrigo, ni amor verdadero, ni cama ni luz.
Montag recuerda - Hace treinta años... Las quemas finales de bibliotecas...
- Acertado. - Beatty asiente. - Y como no tenía trabajo, y era un romántico fracasado, o lo que fuese, me presenté para la primera clase de bomberos. Primero en subir los escalones, primero en entrar en la biblioteca, primero en ese horno, el corazón ardiente de sus compatriotas siempre en llamas, ¡rocíenme con kerosene, pásenme la antorcha!

***

En El zen en el arte de escribir, Ray Bradbury relata esta escena que escribió para la obra de teatro basada en Fahrenheit 451, en la que Beatty, el jefe de bomberos, explica a Montag su motivación para convertirse en quemador profesional de libros.

El último día del año, la última entrada del año.
Que 2016 les traiga libros justos en los momentos justos para rellenar las grietas de la presa que se viene abajo y contener la inundación.

31 octubre 2015

Los ladrillos de la construcción

Los libros están hechos de frases, obvio, que son como los ladrillos de la construcción, y del mismo modo que es difícil reparar en la hermosura de un ladrillo, las frases, cuando leemos, pasan relativamente inadvertidas, arrastradas por el flujo del discurso, como debe ser. El detenerse demasiado en una frase es signo de inmadurez; lo que importa en un libro es el conjunto, el edificio verbal, no sus componentes. Y sin embargo es costumbre bastante difusa subrayar libros. El subrayado desmiente el edificio y realza el ladrillo, el humilde tabique comprimido entre mil tabiques idénticos; es una suerte de operación de rescate, como si cada subrayado dijera: salven esta frase de las garras del libro, liberen esta joya del pantano que la rodea.

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Fabio Morábito en "Subrayar libros" (hagan click para leer íntegramente), y que he encontrado en Twitter gracias a la muy recomendable cuenta de Eterna Cadencia.

PS: ... y a raíz de esto, me recomiendan la lectura de esto otro. #huellas.

02 octubre 2015

Ler Devagar
























































La librería Ler Devagar está en Lisboa, en un antiguo complejo fabril remodelado en zona de ocio, arte, música, arquitectura, diseño, comercios, galerías y restaurantes.

La librería, en dos plantas, conserva arriba antigua maquinaria de algo parecido a una imprenta (reaprovechado como zona de exposición), y tiene dos zonas de cafetería, una en la planta superior - alrededor de la maquinaria - y otra en la planta inferior.

Piu de La pequeña ciudad de P me habló de ella. Desde aquí... ¡muito obrigada!

28 septiembre 2015

Livraria Lello (Oporto)












La Livraria Lello, en Oporto, suele aparecer en esas listas de "las librerías más bonitas del mundo".
Recientemente, han empezado a cobrar tres euros por la entrada (si se compra algún libro, se descuentan los tres euros del precio).

Juzguen ustedes mismos...

23 septiembre 2015

Mourir auprès de toi



Spike Jonze y Olympia Le-Tan (la bordadora que se ha especializado en cubiertas de libros).
Lo vi hace tiempo y no sé en qué estaría pensando que no lo puse por aquí. La semana pasada, me lo recordó mi cuñado (que por lo visto debe ser de los pocos cuñados buenos de España...).

18 septiembre 2015

John Huff

Los hechos acerca de John Huff, de doce años, son simples y se enumeran pronto. Podía descubrir más rastros que cualquier indio choctaw o cherokee desde el principio de los tiempos, podía saltar del cielo como un chimpancé de una rama, podía zambullirse, nadar debajo del agua dos minutos, y salir a la superficie cincuenta metros más allá, río abajo. Si uno le tiraba una pelota de béisbol la devolvía golpeando manzanos y echando abajo cosechas enteras. Podía saltar muros de huertas de dos metros de alto; subirse a un árbol y descender cargado de melocotones con más rapidez que cualquier otro de la pandilla. No era un fanfarrón. Era bueno. Tenía el pelo oscuro y rizado, y dientes blancos como la nata. Recordaba las letras de todas las canciones de cowboys y se las enseñaba a uno, si uno quería. Conocía los nombres de todas las flores silvestres, y cuándo salía y se ponía la luna, y cuándo subían o bajaban las mareas. Era, en verdad, el único dios vivo en todo Green Town, Illinois, y del siglo veinte que conocía Douglas Spaulding.

***

John Huff, otro personaje para mi lista de favoritos, y no sé por qué no lo hice antes, pero he creado ahora una etiqueta donde están todos juntos.

Ah. Se me olvidaba. Es, por supuesto, de Green Town: El vino del estío / El verano del adiós de Ray Bradbury.

16 septiembre 2015


Metamorphosis II
Metamorphosis II (1939 - 1940)
M. C. Escher 

14 septiembre 2015

Ser Tom y ser Doug

- Los cucuruchos de helado no duran.
- Vaya tonterías dices.
- Los cucuruchos de helado se acaban siempre. En cuanto muerdes la parte de arriba, ya estás mordiendo el fondo. En cuanto salto al lago al principio de las vacaciones salgo por el otro lado, de vuelta a la escuela. No me extraña que me sienta mal.
- Depende de cómo lo mires - dijo Doug -. Cielos, piensa en todas las cosas que ni siquiera has empezado todavía. Hay un millón de cucuruchos de helado por delante y diez mil millones de tartas de manzana y cientos de vacaciones de verano. Miles de millones de cosas esperando ser mordidas o tragadas o zambullidas.
- Sólo una - dijo Tom -. Me gustaría una cosa. Un cucurucho de helado tan grande que pudieras seguir comiéndolo y no tuviera fin y pudieras ser feliz con él eternamente. ¡Vaya!
- No existe ese cucurucho de helado.
- Una cosa es todo lo que pido - dijo Tom -. Unas vacaciones que no tengan último día. O una matiné con Buck Jones, chico, cabalgando eternamente, disparando, y los indios cayendo como botellas de refresco. Dame una cosa que no tenga principio ni fin y me volveré loco. A veces me siento en el cine y lloro cuando aparece "Fin" para Jack Hoxie o Ken Manyard. Y no hay nada tan triste como la última palomita de maíz del fondo de la bolsa.
- Será mejor que tengas cuidado - le advirtió Doug -. Va a darte otro ataque en cualquier momento. Recuerda, maldición, hay diez mil matinés esperándote.
- Bueno, aquí estamos, en casa. ¿Hemos hecho algo hoy por lo que nos puedan dar una somanta?
- No.
- Entonces entremos.
Lo hicieron, cerrando la puerta al pasar.

***

A veces soy un poco Tom.
Otras, un poco Douglas.
En cualquier caso hoy, para mí, es la última palomita del fondo de la bolsa.
Y El vino del estío / El verano del adiós (ed. Minotauro) de Ray Bradbury, han sido con diferencia los libros más preciosos que he leído este verano.
Le debo esta lectura a Jordi Puig, que publicó en su blog el primer capítulo de El vino del estío.
Tomen nota y léanlo, pero esperen un poco todavía.
Esperen hasta el próximo verano.


11 septiembre 2015

07 septiembre 2015

Los postulados de Patricio Pron

1. Que un escritor debe por fuerza escribir, a ser posible día y noche, existan o no sus lectores, y que cuando estos existan deberá hacerlo aún con mayor responsabilidad.

2. Que un escritor puede elegir entre explorar nuevos caminos y renovarse con cada libro para aumentar el número de posibilidades, o bien dedicarse a escribir una y otra vez el mismo libro y que esa vía también arroja resultados interesantes.

3. Que un escritor puede decidir controlar y agotar los efectos de su narrativa, o bien permitir que ésta establezca lazos insospechados y que escapan a la voluntad del autor generando con ello nuevas reflexiones con cada nueva lectura.

4. Que toda escritura, como sabía Borges, es autobiográfica, no sólo en relación a los hechos sino en tanto en cuanto ha formado parte de la vida del escritor.

5. Que los premios literarios son el producto de una lógica viciada porque es un sinsentido decidir entre dos textos de gran calidad pero pertenecientes a géneros distintos cuál de ellos es mejor; aunque su existencia es necesaria porque descubren a nuevos a autores, como Julián Herbert, o como fue su caso tras ganar el Premio Jaén.

6. Que la finalidad de la crítica literaria consiste en poner en duda nuestro propio juicio crítico haciéndolo más complejo y devolviéndonos una visión renovada de la literatura que enriquezca la discusión sobre libros en la sociedad.

7. Que en España tenemos una abierta propensión a juzgar a los autores y no a sus libros (sic), y que la antipatía o amistad con el autor debe quedar fuera del análisis de los textos (sic again).


9. Que el impulso de la escritura puede nacer de la falsa ilusión de que los libros que leemos hubieran sido mejores si los hubiéramos escrito nosotros, y que eso es culpa de nuestras falencias como lectores, que serán subsanadas con el tiempo mediante la lectura de más y mejores libros.

10. Que en demasiadas ocasiones un escritor está tan implicado emocionalmente en su propia obra que le resulta difícil decir algo objetivo sobre ella y que por ese motivo los escritores son los peores críticos de sus obras y que no deberíamos preguntarles sobre ellas.

11. Que cualquier escritor, sea profesional o aspirante, se encuentra en el mismo lugar a la hora de comenzar un libro, y que la diferencia entre ambos estriba en que escribir más libros posibilita descubrir más errores y escribir más horas permite llegar a ser mejor.

12. Que un escritor joven como él que en su día recibió ánimos, consejos y ayuda literaria de otros escritores debe ser honesto con ese legado y ofrecer a los escritores que vienen detrás ánimos, consejos y ayuda.

13. Que la verdadera enseñanza de un escritor está en sus libros y no en su personalidad o en sus vivencias, lo cual forma parte de la mitomanía o morbosidad, que por otro lado resulta inevitable, y que la resolución de algunos misterios literarios siempre es menos interesante que el misterio propiamente dicho.

14. Que Cheever tenía razón al decir que la literatura podía salvar el mundo pero que probablemente se refería al mundo interior, ya que amplía el repertorio de posibilidades y nos lleva a preguntarnos acerca de nosotros mismos y nuestras condiciones de vida.

Y 15. Que la lectura, y por tanto la literatura, es una especie de religión laica que exige mucho pero garantiza a cambio una forma de salvación, o al menos un consuelo, y que tal vez ésa es la razón por la que no podamos dejar nunca de leer, de escribir y por tanto de amar la literatura.

***

Esto forma parte de una especie de "reportaje" sobre Patricio Pron que pueden leer completo aquí.

De Patricio Pron de momento sólo he leído los cuentos de La vida interior de las plantas de interior, que me gustó mucho y me dejó con ganas de más.

04 septiembre 2015

Get back in your book








































Get back in your book.

Así se titula esta colección de fotos de Lissy Elle Laricchia.

La descubrí en un número de la Revista Eñe (disponible, como tantas otras cosas, en muchas bibliotecas), no recuerdo cuál, y qué bien que no costara nada dar con ellas en su flickr, porque me encanta poder enseñároslas aquí :-)