13 octubre 2006

Conjugando el verbo leer (3 de 4)

Lo primero que hice tras aprobar la selectividad fue leer Crónica de una muerte anunciada de una sentada, a la sombra de los árboles de la piscina municipal, oyendo a mi sobrina retozar en el agua. Qué pocas veces a lo largo de la vida puede uno disfrutar de la sensación de disponer de todo el tiempo del mundo para dedicarlo al ocio, al placer. Qué pronto se desvanece... Qué pronto aparecen las nuevas obligaciones, la nueva rutina, las nuevas metas...

Más adelante ese verano pasé un mes en Inglaterra con una beca. A través de una serie de tres grados de separación (una amiga de la excanguro de mis sobrinos) había conseguido una lista de las lecturas obligatorias de algunas de las asignaturas que haría al año siguiente, mi primer curso en la universidad, así que aprovechaba las pocas excursiones libres que nos permitían para entrar en las librerías a buscar alguno de aquellos títulos. Sir Gawain and the Green Knight, The Canterbury Tales, The School for Scandal, The Importance of Being Earnest, A Midsummer Night’s Dream, The Scarlett Letter, Leaves of Grass... Los que compré aquel verano inglés se confunden ahora en las estanterías con los que compré a la vuelta en la Cooperativa Universitaria, en Herder, en Come In, en Bosch, y en un puñado de librerías más de Barcelona.


De todos ellos, el primer libro de lectura obligatoria tuvo que ser precisamente el más difícil de toda la carrera: Sir Gawain and the Green Knight.

The siege and the assault being ceased at Troy,
The battlements broken down and burnt to brands and ashes,
The treacherous trickster whose treasons there flourished
Was famed for his falsehood, the foulest on earth.


De este párrafo, marqué las siguientes palabras para buscarlas en el diccionario: siege, assault, battlements, brands, treacherous, trickster, treasons, falsehood y foulest. A día de hoy todavía me pregunto cómo llegué a leer el texto COMPLETO de Sir Gawain, cien páginas de versos (todos marcados igual que el primero). Todavía diría más... ¿con qué nivel de inglés llegué yo a estudiar filología, y cómo conseguí salir de aquel embrollo tan bien parada? Fue una dura prueba, Sir Gawain. Quizá puesta ahí a propósito: solo los que sean capaces de superarla podrán continuar adelante. Gracias a dios todas las demás (con notables excepciones... no voy a alardear de que The Sound and the Fury me resultara un plácido paseo por el campo) fueron notablemente más llevaderas.

Durante esos cinco años me empapé de inglés. Vivía por, para, y casi diría que “en” la universidad. Quizá no tanto los dos primeros años, cuando por las mañanas hacía de canguro de parte de mi prole de sobrinos (en pleno apogeo por aquella época), pero definitivamente sí los tres últimos: además de ir a clase y estudiar allí, también trabajaba, con lo cual solo pisaba mi casa, como quien dice, para cenar, dormir, y pasar los fines de semana. Visto desde la distancia, quizá en aquella época sí que fui una rata de biblioteca. Allí pasaba casi todas las horas que no estaba en clase, ya fuera porque durante dos años trabajé en la biblioteca (otra beca) o porque, al salir de clase o del trabajo, me quedaba por allí para leer o para buscar información sobre algún tema que me hubiese llamado la atención durante las clases.

Fue en aquella biblioteca donde supe qué quería hacer cuando terminara la carrera. Los dos últimos años ya había tenido experiencia en la docencia del inglés y, por mucho que me gustara el idioma (que lo adoraba), o por muy bien que se me diera la enseñanza (modestia aparte), sabía que no quería ganarme la vida con ello. La idea de acabar la carrera y entrar directamente a prepararme unas oposiciones para secundaria me resultaba la menos atrayente de todas las opciones que cabían en mi cabeza. Ya entonces empecé a fijarme en las bibliotecas públicas de Barcelona...

Y eso que el trabajo de los becarios en la biblioteca no era nada del otro mundo. Por supuesto, éramos los últimos monos de la jerarquía, y nos encargábamos de los trabajos más mecánicos y tediosos. Cambiar los tejuelos deteriorados de los libros, ordenar, ordenar y ordenar los libros de las estanterías, llevar y traer los volúmenes solicitados del depósito. Pero tenía suficiente. No sé cómo, ni cuándo, ni de dónde vino el amor por los libros (no, no se me ocurre otra manera menos cursi de calificarlo), pero ahí estaba, y pensaba hacer todo cuanto estuviera en mis manos por dedicarme a algo que estuviera, ni que fuese remotamente, relacionado con los libros.

Pero no adelantemos acontecimientos. Estudiaba inglés; abandoné en cuanto pude las matemáticas del idioma – gramática, sintaxis, lingüística – para centrarme en la literatura. No tenía tiempo libre (o no quería tenerlo), así que a duras penas leía algo que no estuviera directamente relacionado con los estudios. Igual que en el instituto, lectura obligatoria y lectura por placer convergían, y leí algunos de los textos obligatorios con verdadera afición. Otros resultaban más tediosos, pero todos interesantes de una u otra manera. Algunas de las novelas las leía dos veces, una durante el curso y otra antes de los exámenes, para refrescar la memoria. Algunos textos iban más allá, y los leía tres, cuatro o hasta cinco veces. Las obras de Shakespeare ocupaban el ranking de relecturas. Antes de los exámenes mis compañeras y yo nos poníamos a prueba recitando versos de Shakespeare y adivinando lo más rápido posible a qué obra pertenecía y qué personaje lo decía. Curiosamente, la frase del Hamlet que más recuerdo no es el celebérrimo “To be or not to be”, sino el dolorido “Thou hast cleft my heart in twain” de la pobre Gertrude.

Shakespeare ocupaba el primer puesto no sólo como autor más releído, sino también como autor del que más obras se leían. Hamlet, Othello, King Lear y Henry V para el curso monográfico sobre Shakespeare (el único que podía alardear de tener una asignatura para él solito, con Pilar Zozaya como profesora, una auténtica experta en la materia; corrieron rumores de que pretendían dedicarle un curso al Ulysses de Joyce, aunque creo que jamás se atrevieron a llevar a cabo semejante amenaza), pero en otras asignaturas The Tempest, Much Ado about Nothing y A Midsummer Night’s Dream. Macbeth no: decían las malas lenguas que traía mala suerte enseñar Macbeth. Después de Shakespeare venían Austen en segundo lugar y Dickens en tercero. La santísima trinidad. Luego estaban los demás: Wilde, las Brontë, Joyce, Hawthorne, Defoe, Twain, Shelley, Faulkner, Forster...

Más adelante empezaron a asomar algunos contemporáneos. Autores que “todavía” estaban vivos, algunos de ellos incluso poco conocidos, recién salidos del horno. No era el caso de Paul Auster, de Toni Morrison o de David Malouf, los tres autores consagrados (Morrison incluso galardonada ya por entonces con el Nobel), pero sí de Jeanette Winterson, de Alexis Wright o de Michael Ondaatje. Eran las asignaturas de literatura postcolonial o de literatura y género las que se atrevían a innovar más en su curriculum, y en las que encontré a autores a los que todavía hoy sigo la pista. Los tres arriba mencionados son algunos de ellos. Los que sois habituales por aquí ya sabéis de mi debilidad por Winterson. Angela Carter también debería incluirse en la lista de mis fetiches anglófilos, y a pesar de haber leído solo dos novelas de Coetzee (Foe y La edad de hierro, que leí en español), quizá también debiera incluirlo. Pero son sobre todo Auster-Morrison-Malouf los que, tras cinco años de lecturas, se han quedado conmigo. Siento cariño también por algunos de los clásicos (Austen y Dickinson sobre todo, y algunas novelas individuales como My Ántonia de Willa Cather o Wuthering Heights de Emily Brontë), pero no es lo mismo. Las siento más lejanas, me es más difícil dejarme llevar por ellas, las veo como artefactos y puedo disfrutarlas como tales, pero no me resulta tan fácil sumergirme en ellas como lo es con textos contemporáneos.

Me movía por la literatura como pez en el agua, aunque no creo estar especialmente dotada para ello. Creo que si hubiera elegido cualquier otra carrera humanística, hubiera corrido la misma suerte. Pero me alegro de haber ido a parar a filología inglesa y, a pesar de acontecimientos posteriores, no lo cambiaría (no, ni siquiera por biblioteconomía). Si no hubiera sido por esos años quién sabe si habría dado con pensadores o con ideologías que siento tan cercanas, con las que me he identificado tanto y que forman parte de mí, a pesar de que el espíritu reivindicativo y beligerante de “aquellos maravillosos años” haya dejado paso a alguien bastante más reservado, quizás escéptico sobre la utilidad de la reivindicación y la beligerancia, pero convencido desde entonces de una serie de principios que considero pilares fundamentales de lo que soy.

Con todo eso a cuestas, y creo poder afirmar que siendo definitivamente yo (el yo que soy ahora, el yo que escribe y habla y lee y se mueve por la vida ahora mismo), me fui a Estados Unidos, con la mala pata (o la buena suerte) de vivir de cerca el 11/S. Mala pata porque creo que el mundo ha empeorado desde entonces. Buena suerte porque estar allí entonces fue una experiencia sumamente interesante. Desde aquí la mayoría de la gente sólo ha podido vivirlo a través de los medios de comunicación. Allí pude vivir la contradicción en primera persona. Y siempre me han interesado las contradicciones...

Fui a enseñar español y a estudiar algo que no fuese literatura, aunque acabé realizando el trabajo que más satisfacción me dio sobre un texto literario (el cuento “I Stand Here Ironing” de la escritora americana Tillie Olsen; leo ahora el ensayo que escribí y apenas lo reconozco como mío). A pesar de eso, leí, y durante un año, quizá el primero de mi vida, casi no leí nada que fuera ficción. Escogí asignaturas no literarias porque durante la carrera no pude cursar materias de otras disciplinas (historia, sociología, periodismo, psicología) que me hubiera gustado probar, y era ahora o nunca. Y las lecturas que acompañaron fueron estudios, ensayos, teorías y contrateorías. Ariadne’s Thread, Soul of a Citizen, A Different Mirror, Of Woman Born...

A todos ellos debo añadir la docena de libros que compré aprovechando que Amazon no cobra gastos de envío dentro de Estados Unidos. Era el momento de hacerme con libros que eran demasiado difíciles de encontrar en su versión original a un precio asequible en Barcelona, casi todos ellos sobre género y feminismo. Desde A Room of One’s Own (Woolf) y The Second Sex (de Beauvoir) hasta The Feminine Mystique (Friedan) y Sexual Politics (Millet). God bless Amazon...


A duras penas cupieron todos en la maleta de vuelta a casa, y por aquí siguen, en las estanterías. De hecho, la mayoría todavía esperan una segunda oportunidad. Los leí y consulté en la biblioteca de la facultad, los fotocopié y subrayé y cité en exámenes y trabajos, pero sus versiones íntegras, pagadas con lo que ganaba en las clases de español para los estudiantes de primero en el college de Maryland que fue mi casa durante un año... esos siguen esperando.

De mis seis años universitarios (1996-2002), conservo casi todos los libros. Entre cien y ciento cincuenta volúmenes. Algunos los presté y no me los han devuelto (Heart of Darkness, por ejemplo), pero la mayoría siguen aquí, la mayoría de ellos todos juntos en una estantaría, salvo Shakespeare y Austen, que he tenido que desplazarlos para dar cabida a otras novelas en inglés que he ido comprando con los años y los viajes (míos y ajenos).

Lo más cerca que he estado de deshacerme de algunos de ellos fue hará un año o poco más, cuando pensé en vender unos cuantos tomos, ya leídos, para financiar la compra de otros y, sobre todo, para dejarles espacio. Hay una librería inglesa de segunda mano en el barrio de Gràcia (Hybernian books, se llama) que los compra. Fui una vez con cuatro o cinco libros míos, decidida a venderlos, y fui incapaz de dejarlos allí por los miserables dos euros (¡el que más!) que me daban por cada uno. Me traje los cuatro o cinco que había llevado más un par que compré allí y busqué una solución (temporal, siempre es temporal) a los problemas de espacio.

6 comentarios:

pies diminutos dijo...

He leído todo tu texto con verdadero placer, ahora mismo yo estoy en la facultad, estudio también una Filología, la Hispánica, y me he visto reflejada en mucho de lo que nos cuentas. Me ha gustado conocer tu vida porque siempre me encanta conocer gente que estudió Filología pero no se dedica a la docencia (también quiero yo salirme de ese patrón). En serio, muchas gracias por dejarme conocer la vida de una licenciada en Filología. No te puedes imaginar la cantidad de cosas que, al parecer, tenemos en común! Un saludo y enhorabuena por haber encontrado tu lugar en el mundo, un lugar maravilloso entre libros.

cowboy bill dijo...

Soy un periodista especializado en temas de ciencia, pero a la vez aficionado a la literatura. Sé demasiado poco inglés como para leer en versión original y con las traducciones al castellano he tenido experiencias no muy buenas ("Ocasión para amar", de Nadine Gordimer). Pero ayer me acabé "Hacia la boda", de John Berger, y me encantó. Una de las historias de amor más emocionantes que he leído. Sin frivolidad, sin romanticismo hueco. Es lo primero que leo de este autor y de, hecho, es de las pocas cosas que he leído de escritores ingleses de ahora: "Tren nocturno", de Martin Amis; "Hablando del asunto" y "Amor, etcétera", de Julian Barnes; "El buda de los suburbios", de Hanif Kureishi; y "Expiación", de Ian McEwan. Recomiendo todas ellas. ¿Me recomendarías tú media docena de novelas de literatura inglesa contemporánea para seguir disfrutando? Besos...

cowboy_bill_35@hotmail.com

sfer dijo...

Ya que adjuntas el correo, cowboy, te envío las sugerencias por correo. Un saludo :-)

cowboy_bill_35@hotmail.com dijo...

Gracias, sfer.

Anónimo dijo...

Te leo desde Argentina. Soy profesora de inglés, estudié como alumna libre toda la carrera... Al igual que quien escribió más arriba, me siento identificada con lo que escribís. Un placer leerte, un viaje al interior más profundo. Gracias por compartir tus lecturas y experiencias! Un abrazo, Fabiana

sfer dijo...

Casi cinco años hace que escribí esta crónica en cuatro actos. Gracias Fabiana por tu comentario. He aprovechado para re-leerla yo también. Qué curioso, leer así desde fuera algo que salió de mis dedos... :-)