05 marzo 2007

El mar, los libros (I)


¿Quién no ha sentido alguna vez pesar por un libro prestado que jamás le fue devuelto? ¿Quién no ha sabido de la dispersión de una biblioteca, recopilada con amor por su propietario y después, por indiferencia, por destino, por falta de espacio o de dinero, esparcida como semillas al viento sobre las paradas de los libreros?

La relación que ata el libro a su propietario está hecha de muchos y diferentes sentimientos, de elecciones, el significado de las cuales puede escaparse a los demás: interés por el contenido, admiración por el aspecto exterior, una bonita encuadernación, o el recuerdo de un regalo, de una amistad, de un momento feliz: es una relación frágil y delicada, un hilo que en cualquier momento puede romperse.


Ya lo sabía aquel fraile que, entrando en el convento, a pesar de haber hecho voto de pobreza, no podía separarse de un libro, quizás pacientemente copiado por él mismo, porque todavía no existía la imprenta, y anotaba en la primera página: “Este libro me pertenece a mí, fraile Bernardo, ¡y desdichado quién lo toque!”. Otros, menos cristianamente, escribían: “que la peste le alcance”.

Más elegantemente, los nobles hacían miniaturizar el escudo sobre la primera hoja de sus manuscritos y los más ricos hacían imprimir su nombre, motivo o emblema sobre refinadas encuadernaciones de cuero. El mensaje siempre es el mismo: “Este libro es mío”.


Este lazo con los libros, esta necesidad de personalizarlos con una señal de propiedad, que se manifiesta desde la Edad Media y que se explica también por la dificultad de procurarse la copia de una obra producida muy lentamente por los copistas en los “scriptoria” y por el desembolso de notables sumas, no disminuyó sino que aumentó con la invención de la imprenta.


El aumento de la producción y de la circulación de los libros alimentó la sed de saber y de posesión de las obras hasta entonces desconocidas o que ya no se encontraban. Las bibliotecas privadas crecieron, comenzó la búsqueda de primeras ediciones o de rarezas. Los motivos para señalar la propiedad de un volumen aumentan: vanidad o precaución contra eventuales pérdidas.


No hay suficiente con el nombre del propietario escrito a mano. De la misma manera que se hace con los libros, se reproducen mecánicamente unas piezas de chapa para aplicar en el reverso de la cubierta.


Folletos con líneas esenciales grabadas en la madera: la misma técnica de xilografía que acompañó los primeros intentos de producción mecánica del libro y que por muchos años se utilizará para embellecer con figuras y ornamentos los volúmenes salidos de las primeras prensas de la tipografía.


No es extraño que los más antiguos de estos folletos nos lleguen de Alemania, contemporáneos de los primeros libros impresos y, si los libros pronto recorren a las ilustraciones para atraer más al lector, ¿por qué el bibliófilo no debería embellecer su sello demostrando su gusto y su importancia?


Así, los humildes pequeños carteles cobran importancia, alzan la cabeza y se ponen las armas y el yelmo, se convierten en pequeñas obras de arte, comisionadas a veces a pintores ilustres como Dürer, Holbein, Cranach. Dürer, además de sus iniciales, escribe también por primera vez la fecha: 1516.


La antigua frase “Este libro pertenece a...” se sustituye por un sintético latín “ex-libris”. Suficiente para decir que este libro me pertenece, proviene de mi – pequeña o grande – biblioteca.


Al sencillo nombre o emblema del propietario se añade un dibujo, un gravado, concebido conjuntamente por el artista y quien hace el encargo: aquello que la fantasía, o el carácter o la profesión pueden sugerir, un pequeño retrato interior.


A finales del siglo XVI, a la xilografía se le añade, y más tarde llega a sustituir, un nuevo método de estampación, la calcografía: con la incisión sobre cobre la técnica se refina, la fantasía se aligera sobre la punta del punzón: el ex-libris ha alzado el vuelo, seguirá la evolución de las artes gráficas y el gusto de las diferentes épocas. Siempre nos hablará del gusto, los valores, el carácter de una persona, sus aspiraciones y sus ambiciones.


Hay más: descubrimos la habilidad del artista que lo ha pensado y realizado, artista muy a menudo desconocido por nosotros, y a veces conocido solo por obras de formato más grande y que ahora nos sorprende con estas imágenes en miniatura de las cuales no lo sabíamos capaz.


Pero nuestro deber de agradecimiento hacia el ex-libris no se acaba aquí. Sabemos cómo es de frágil la unidad de una biblioteca y los esfuerzos que tiene que hacer el propietario para mantenerla unida, para preservarla de los ladrones, de los amigos poco escrupulosos, de los desperfectos causados por el tiempo. La dispersión de volúmenes es inevitable.


Por tanto, se busca una solución, dando o cediendo la colección privada a una biblioteca pública: “...porque yo muero y traspaso, pero tú eres rica y grande y gloriosa y permanecerás eterna”, así se dirigía a la Biblioteca Braidense de Milán el cardenal Durini, bibliófilo y erudito del siglo XVIII, para que acogiera entre sus estantes sus muy amados y valiosos volúmenes.


Pero la experiencia nos dice que esta solución no siempre preserva las colecciones de un destino adverso. A menudo se impone la fragmentación en diferentes secciones, o llegan a la biblioteca los restos de subastas o de otras acciones que han provocado la fragmentación, y la unidad de la colección podrá ser reconstruida solo idealmente.


El ex-libris nos servirá de guía segura y valiosa para una investigación. Con su ayuda podremos recomponer una biblioteca, reconstruir la personalidad de su propietario, descubrir los intereses culturales de una determinada época o de un determinado ambiente.


¿Se acabará la pasión por el papel escrito? ¿Se acabará el deseo de posesión de un libro con la moda de abandonarlo sobre los bancos, para que manos desconocidas lo hojeen? No lo sabemos, pero querríamos que el ex-libris continuase hablándonos de sueños y de deseos confiados al arte y que en el arte encuentran consistencia y realidad.


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Texto de Letizia Vergnano Pecorella, que sirve como introducción a la exposición “El mar, els llibres: Exposició internacional d’ex-libris marítims” que se ha podido ver durante los meses de enero y febrero en el
Museu Marítim de Barcelona. El texto original estaba en catalán. La traducción al castellano es casera. Durante esta semana, podrán ustedes disfrutar de algunas de las imágenes de los ex-libris que se han visto en esta exposición. Bienvenidos a un mundo de tinta y papel.

2 comentarios:

Greg dijo...

Tiene una pinta estupenda, y con lo cerca que estoy no dudare en pasar a echar un vistazo, muchas gracias.

arrumacos dijo...

Gracias por la traducción y las hermosas imágenes de ex-libris.