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20 marzo 2013

Juanjo

Hace cinco años ya que fui a escuchar a Millás hablar sobre su novela El Mundo. El viernes pasó por el Kosmopolis de este año para hablar sobre libros y bibliotecas con Antonio G. Iturbe, y el sábado sobre libros y humor con Andreu Buenafuente. El viernes estuvo sumamente inspirado. El sábado, sumamente abrumado (¿demasiada gente? ¿demasiado Buenafuente?). De la charla del viernes salí con cinco folios de notas. Al repasarlas y repasar la entrada de hace cinco años, sonrío al encontrar temas y obsesiones recurrentes. Millás es Millás. Aunque ahora, cinco años después, yo ya lo llamo Juanjo.

[Sobre la relación entre el original y la copia]

A veces es mejor la copia que el original. No siempre se pueden distinguir. Al final, el original es el que tiene papeles. Recuerdo la anécdota de la escultura de Richard Serra que fue robada del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía y sustituida por una copia con papeles que acreditaban que ella era la original y, en caso que apareciera la robada, aquella era la copia. Y la paradoja de la fábrica coreana en la que se producen tanto los vaqueros originales como los copiados, que solo se diferencian por la etiqueta que les ponen al final del proceso. Y mi estancia en una casa rural en la que oía cantar una rana en un estanque, pero resultó ser un aparato con un sensor de movimiento que croaba solo cuando se acercaba una persona (¿cómo confiar en las magdalenas del desayuno o en la piedra de la decoración?). Es difícil dar con una respuesta a la dicotomía entre realidad y ficción.

[Sobre la Wikipedia y las enciclopedias]

Antes el artículo sobre mí en la Wikipedia decía que me había casado con Ana María Matute y que esta me había dejado al confesarle en la noche de bodas mi homosexualidad, para irme después con Sándor Márai. Con lo cual, desconfío bastante de lo que dice la Wikipedia. Y además, me parece que está escrita de manera atroz, mientras que las antiguas enciclopedias estaban muy bien escritas.

En mi casa no había libros, pero teníamos la Enciclopedia Espasa, que la compró mi padre en un momento en el que había que comprar algo y no se le ocurrió comprar otra cosa. Al principio miraba las estampas, pero luego empecé a leer algunos artículos, y había algunos fascinantes. La lámina de “mimetismo”, por ejemplo, era preciosa, pero la entrada contaba unas historias terribles, como la del gusano que tenía aspecto de excremento de pájaro para evitar ser comido por ellos (que está bien, porque salvan la vida, pero qué precio tan alto que pagar...). El artículo “muerte” también era fantástico: contaba cómo se hacía una autopsia, como descubrir si alguien está muerto realmente o no (por ejemplo, acercando una cerilla encendida al dedo gordo del pie: si se hincha y estalla, es que el muerto no está muerto). Al final contaba la historia de un señor de Segovia que dejó a su mujer embarazada para ir de viaje, y tuvo que volver porque a mitad de camino le dijeron que su mujer había muerto. Al llegar de vuelta a Segovia ya la habían enterrado, y al abrir la tumba para poder despedirse de ella, nació el niño del que estaba embarazada. La frase final del artículo decía, literalmente, “y vivió muchos años llegando a ser alcalde de Jerez”. No sabía si reír o llorar, y eso es precisamente lo que me atraía de aquel artículo, la habilidad narrativa que te impedía saber si aquello era un texto de humor o de terror. Me he pasado la vida compitiendo con ese texto, intentando llegar a ese nivel de ambigüedad.

Una enciclopedia es, necesariamente, el proyecto de un loco. ¿Intentar abarcar en un libro toda la realidad? Detrás de algo así solo puede haber una mente disparatada.

[Sobre la curiosidad]

Lo que más me mueve es la curiosidad por ver, por saber. Me gusta sentarme y mirar a la gente y preguntarme cómo se ganarán la vida. Mi madre decía que curioso es el que es aprendiz de todo y maestro de nada, y recuerdo una película de Truffaut en la que un maestro le dice a alguien que no sabe a qué dedicarse, qué hacer en la vida, “sea usted curioso”. La curiosidad es el motor del mundo, y con la curiosidad la puesta en cuestión. Marthe Robert afirmaba que no había más que dos literaturas posibles, la del legítimo y la del bastardo: la de aquel que cree que sus padres son realmente sus padres, y la de aquel que se pregunta ¿estos señores serán realmente mis padres? Yo creo que la única literatura posible es la del bastardo, la de aquel que pone en cuestión la realidad heredada. La curiosidad es lo que lleva a uno a preguntarse todo esto. La curiosidad, que es el motor de los escritores y también el de los lectores.

[Sobre la primera biblioteca]

La biblioteca del barrio es otro momento fundacional en mi historia como lector. Yo vivía en un barrio suburbial de Madrid en el que no había muchas cosas, pero sí había una biblioteca, y como hacía mucho frío en la calle pues entrábamos para calentarnos. Y como no podíamos hacer nada más que estar sentados y leer. Un día cogí un libro al azar y me caí literalmente dentro de ese libro, y es en ese momento que me convertí en lector de novelas. Se trataba de Cinco semanas en globo de Julio Verne, y como no tenía carnet de la biblioteca y al cerrar tuve que dejarlo allí, al día siguiente fui el primero en entrar para que no me lo quitaran. No olvidaré nunca que esa fue mi primera novela leída.

[Sobre la lectura obligatoria y el fomento de la lectura]

Cuando era pequeño, el otro libro que había en casa y que me marcó, pero de manera muy mala, fue El Quijote. He tenido muchos problemas con El Quijote porque mi padre nos obligaba a leer fragmentos. No es solo que fuera a destiempo [que no estuviera preparado para esa lectura], sino también otras cosas. Porque eso de que la gente lea o no lea es muy complicado. Por eso son tan inútiles las campañas que se organizan para inducir a los adolescentes a la lectura. Para leer lo único que necesitas es estar jodido. Un chico de 15 años que esté bien, ¿para qué va a leer?

Otra cosa que ha hecho mucho daño a la lectura es el consenso que hay de que leer es bueno. Cuando yo era pequeño, los niños lectores dábamos miedo a los adultos, a los padres, a los profesores. Leer, leer febrilmente (porque a esas edades no hay término medio) estaba mal visto, y además el libro no era un objeto especialmente bien considerado, era un objeto peligroso e incluso había una lista de libros prohibidos, libros que de ninguna manera nadie podía leer (y que por supuesto eran los mejores). Se leía debajo de las sábanas con una linterna. Hoy en día todo eso ha cambiado. Uno pregunta a los padres, a los profesores o al ministro del interior y leer es bueno. Si yo fuera adolescente, no leería. Me dedicaría a los videojuegos, que preocupan mucho a los padres, a los profesores y al ministro del interior. Se trata de un consenso idiota (porque es completamente acrítico) y que hace mucho daño.

No hay que empeñarse en que la gente lea. Los mecanismos que se utilizan en general son desastrosos. La asignatura de lengua y literatura es un disparate, o lengua o literatura, pero no las dos cosas. La literatura debería sacarse del currículo escolar y ubicarse en otro espacio, en un espacio de ocio donde aprender a leer sea aprender a leerse a uno mismo, donde podamos usar la literatura para reflexionar sobre nosotros mismos. La lectura nos da respuestas que no nos dan en ningún otro ámbito de la realidad. La novela nos enseña el camino. ¿Para qué sirve la literatura? Para lo mismo que sirvió cuando la ficción empezó como relato oral, cuando la gente se reunía alrededor del fuego y se contaban historias. Sirve para iniciar en la vida a los que escuchan las historias / leen literatura. No solo advierten de los peligros, sino que proporcionan sentido a la vida. Y escuchar historias alrededor del fuego no era una actividad reglada, no era de cinco a seis a escuchar cuentos. Era una actividad lúdica que representaba un mapa de la realidad, que parece contradictorio per eso es la ficción: una representación de la realidad.

Tenemos que convertir la lectura en otra cosa porque ES otra cosa. Como dice Landero, la literatura no se enseña, se contagia.

Me preocupa imaginar una sociedad no lectora. Sería una sociedad ciega, sorda, opaca, de madera. Me daría terror.

[Sobre la lectura digital]

Tenerlo todo es lo más parecido a no tener nada. Hay montones de personas no lectoras con ipads cargados con cientos de volúmenes (todos piratas, por supuesto), pero en teoría para la lectura no tendría por qué ser malo, la pantalla es simplemente un soporte más. Yo leo mucho en pantalla, y además le tengo una cierta aversión al libro en papel porque invade todo mi espacio y además envejece muy mal. He intentado donar mis libros a alguna biblioteca, pero no los aceptan, no los quieren, es tan curioso como si un banco no aceptara dinero.

Una vez le pregunté a Saramago cuántos libros, de todos los que había leído, creía que habían sido realmente fundamentales, y él me contestó que 50. Yo creo que exageraba un poco, yo quizá diría 300, pero podría vivir solo con esos libros. Hace poco abrí y leí la primera frase de En busca del tiempo perdido de Proust (“Durante mucho tiempo me acosté temprano”) y casi me desmayé. La abundancia nos idiotiza. Podría vivir de releer libros, pero aun así no puedo dejar de comprarlos.

[Adoptar libros]

Igual que uno puede adoptar hijos, debería poder adoptar libros. Yo hubiera sido un padre excelente para El Lazarillo de Tormes, que no tiene padre. Y, del mismo modo que hay libros sin padre, también hay padres que no se merecen los libros que han producido. Yo habría sido mucho mejor padre que el hijo de puta que escribió ese libro...

[Otras lecturas]

Cuando hemos mencionado mi iniciación a la literatura no hemos hablado de mi afición a la lectura de prospectos de medicamentos. Me encantaba. Yo creo que me hacía a mí más efecto leer prospectos de ansiolíticos que a mi madre inflarse de pastillas en la cocina. Y también es una literatura que se ha deteriorado mucho, la de los prospectos, yo creo que porque las farmacéuticas tienen miedo de cometer algún error y que los enfermos les denuncien. Han dejado de usar palabras maravillosas. Yo creo que el historial clínico es el equivalente de la novela (todo historial clínico tiene algo de novela y toda novela algo de historial clínico), la autopsia el equivalente del cuento (un género en el que todo está muy anudado y apunta al mismo objetivo) y el prospecto es el equivalente de la poesía. Fueron muy importantes para mí, pero ahora les pasa lo que a la Wikipedia, que están muy mal escritos y ya no hay quien los lea.

[Sobre si es mejor leer libros malos que no leerlos]

Hay libros buenos y hay libros malos, claro. ¿Es mejor leer basura que no leer? Pues no sé...

[Sobre el subrayar los libros]

Siempre se subraya para alguien. Nunca para uno mismo. Y llevo mucho cuidado cuando subrayo, porque luego pienso ¿para quién habré subrayado yo esto? Con En busca del tiempo perdido me di cuenta de que había subrayado frases a lápiz y pensaba para quién habría subrayado yo aquellas frases, porque en este momento no me resultaban especialmente reveladoras. Me estaba metiendo en la intimidad de alguien que no era yo. ¿Qué habría pasado si mi padre hubiera sido lector de novelas y yo hubiera heredado su biblioteca y abriera novelas subrayadas por mi padre? Está claro que hubiera buscado significados ocultos, es algo inevitable. Por eso yo ahora a veces subrayo al azar, para despistar. ¡Que se apañen mis herederos con mis subrayados! Subrayar no es nunca una acción ingenua.

[Los libros no leídos]

Haces la cuenta de los libros que te da tiempo a leer en la vida. Pongamos cuatro al mes = 48 al año = 480 en diez años = 50 años de lector = ¿Cuántos salen? Muy pocos. Por eso también hay que seleccionar. Sabiendo que tenemos los días contados y los libros contados, ¿qué vamos a leer? Hay edades en las que todo te lo planteas en los mismos términos: ¿será el último coche que me compre? ¿será la última novela que escriba? Hay que ser cuidadoso. No es que me obsesione la idea de perder el tiempo, porque también leo muchos libros que no están en el canon de la Gran Literatura pero que son importantes para mí. Me gusta mucho Patricia Highsmith, por ejemplo, esa literatura fronteriza, que está mal considerada, con su historia paralela...

[Millás y la poesía]

Ahora por ejemplo estoy leyendo mucha poesía, como Emily Dickinson y Louise Glück. Leer poesía educa el oído. Alguien que quiera escribir, lo que sea (prosa, periodismo...), debería leer poesía. Yo todos los días antes de empezar a trabajar leo un poema. Te ayuda a colocarte en situación. Te quita la ansiedad, pone distancia...

Uno puede ser un novelista mediocre y cumplir una función, pero los poetas o son Shakespeare o no son nadie. No hay términos medios. Cuando conoces un poeta y llevas diez minutos hablando con él te preguntas “¿puede ser que este idiota haya escrito aquella maravilla?”, y claro, es que no ha sido él, fueron los dioses, porque la poesía es la expresión de los dioses. Los poetas logran entrar en otra dimensión, como decía Lévi-Strauss de la música, que desde un punto de vista antropológico no tiene explicación: es parte de una dimensión paralela que se ha colado en la nuestra.

[Sobre la ironía]

La ironía es un modo de acercarse a la realidad que te permite acercarte más porque la realidad no se da cuenta.


















[De izquierda a derecha, Antonio G. Iturbe, Juan José Millás, y Juan José Arranz]

Iturbe: Imagina que te ofrecen un pacto. Escribirás una novela y será un éxito extraordinario, se traducirá a montones de idiomas, te harás millonario... pero a cambio no podrás volver a escribir nunca más. ¿Aceptarías el trato?
Millás: ¿La novela sería una obra maestra?
Iturbe: Sí.
Millás: Pues entonces sí, porque es lo que llevo intentando hacer toda mi vida. Aunque lo más probable es que luego no tardara mucho en morirme, porque ya se sabe que el motor del deseo es la frustración, y si yo sigo escribiendo novelas es porque con la última que escribí no acabé de conseguir lo que andaba buscando. Pero si escribo una obra maestra... pues ya está, ¿no?

***

PS1: Desde aquí, un agradecimiento especial a Biblioteques de Barcelona por organizar este acto dentro del Kosmopolis 2013. Gracias por la posibilidad de escuchar a Millás de nuevo en directo. Por muchos años, para todos, para Millás (que no, que no es la última, seguro...), para las bibliotecas y sus presupuestos para actividades culturales (son malos tiempos, pero las ganas no nos las van a quitar, ¿verdad?), y para nosotros que sigamos aquí para disfrutarlo.

PS2: ¿Un sorbito más? "Cuando usted se toma una pastilla para el dolor de cabeza, sólo se le quita el dolor de cabeza a usted. Pero cuando lee un libro, sus efectos terapéuticos se propagan al resto de la comunidad."

06 octubre 2010

Números



En Librosfera estamos tan enfrascados en las letras, que a veces nos olvidamos de lo importantes que son también los números.

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¿Les había dicho alguna vez que Millás es uno de mis autores favoritos? Por aquí le hemos mencionado varias veces, así que puede ser que sí lo haya comentado alguna vez. ¿Mis favoritos? El orden alfabético - de vuelta a las letras - y Tonto, muerto, bastardo e invisible. En su página web pueden leer cientos de sus cuentos cortos, muchos de ellos publicados en El País.

El vídeo corresponde al nuevo libro pop-up de Marion Bataille, que esta vez se centra en los números en lugar de en las letras. Esperemos poder dar pronto las gracias - de nuevo - a Kókinos.

11 abril 2008

Del escritor al lector: Juan José Millás


Ayer Juan José Millás estuvo fabuloso. Los encuentros para firmar ejemplares son bastante seguros, porque el intercambio es mínimo y no puede una sentirse defraudada por el ego de la persona en cuestión, pero una conferencia/charla/encuentro con lectores, como se anunciaba el evento de ayer en la Biblioteca Ramón Fernández Jurado de Castelldefels, suponía un riesgo mayor. No sé si los autores lo vivirán así, pero así me enfrentaba yo ayer a uno de mis favoritos. No lo he visto demasiado en televisión, no sigo sus intervenciones radiofónicas, podríamos decir que solo lo conozco “de lectura”, así que el cara a cara tenía sus pros y sus contras. Por una parte quizá habría tiempo (y valor) para hacerle alguna pregunta, pero por otra, ¿y si resultaba... simplemente “distinto” a como lo esperaba? Malditas expectativas... Era como tener un nuevo libro suyo delante. Siempre me cuesta empezar con un libro nuevo de alguno de los autores que más me gustan, porque... ¿y si no me atrapa como los anteriores?

Pero la balanza se inclinó a nuestro favor. Empezó hablando de El Mundo (ya saben, Premio Planeta, mucho dinero, campaña de promoción a lo bestia, etc.), de la idea de escribir, al compás del libro, un diario o cuaderno de bitácora sobre la evolución del propio libro y cómo este El Mundo es quizá la obra más cercana a esta idea que ha escrito [me quedé con las ganas de recomendarle el Diario de un álbum de Dupuy y Berberian]. Habló de cómo surgió la idea para la novela, a raíz de sus reportajes en EPS como “sombra” de diferentes personalidades y de la idea de hacer de sombra de sí mismo, y de cómo la primera frase de la novela se le apareció una noche en un hotel de Barcelona y a partir de ahí empezó a tomar notas, escribiendo la novela casi al dictado y disfrutando de ello, ya que es algo que, según él, muy pocas veces sucede. Después de terminar de tomar notas, empezó el arduo proceso de reescritura, reduciendo la extensión a la mitad (quería más “tensión que extensión” en esta novela). Cuatro revisiones le costó conseguir lo que quería, y regalar a sus lectores una nueva obra, que no entraba dentro de sus planes escribir, sino que se impuso, como todos sus trabajos anteriores, porque era lo que el momento le decía que debía hacer.

Habló el Millás escritor, y quizá fue para mí la parte menos interesante de la charla. Se notaba que era algo que ya había contado tantas veces antes... Un discurso preparado. La obra de teatro. Fue interesante, no me malinterpreten, pero una podía sentir que eso era lo que “debía” contar. El turno de preguntas fue el momento de improvisar y de satisfacer a la audiencia. Habló de su participación en el programa de Gemma Nierga y de los textos que envían los oyentes sobre el tema que él propone. Habló del texto sobre la culpa en el que una mujer mataba a una hormiga (“era pequeña y negra, y no grande y roja como las del año pasado”) con una plancha, de la niña que preguntaba a sus padres en qué postura la habían concebido, y del terror que pueden llegar a contener dos líneas (“Cierra los ojos. Todo lo que ves, es mío.”).

Luego vino lo mejor: vino el Millás lector. Mi curiosidad hacia los autores no es tanto sobre cómo escriben, a pesar de que lo que yo admire sea el resultado de ese proceso, sino qué y cómo leen. Me sorprendió descubrir a un Millás negropolicíacodetectivesco, declarando a Patricia Highsmith y John LeCarré como dos de sus autores favoritos, y defendiendo a Thomas Harris (creador de Hannibal Lecter) e incluso algunas de las obras maestras de Stephen King (de las que escogió Misery). Habló de étapas depresivas en la lectura: momentos, en los que parece que nada de lo que lees te llena. Son los momentos de la relectura: Flaubert, los rusos (mencionó a Dostoievsky), los cuentos de Hemingway y Capote, La canción del verdugo de Norman Mailer, y otra vez y sobre todo Highsmith. Nos dijo que ahora estaba leyendo un libro de cuentos de un japonés (“nunca sé si es Murakami o Mukarami”) titulado Sauce ciego, mujer dormida, y que lo estaba leyendo con mucho gusto.

Citó a Juan Benet diciendo que los libros son como las mujeres: los hay que te gustan pero no te interesan, otros que te interesan pero no te gustan, y cuando encuentras a uno que te gusta y te interesa, debes casarte con él. Dijo que la lectura era algo que tenía que ver con la pasión, y que debíamos desligarla del aprendizaje y de las cosas prácticas. Que mientras uno lee el mundo tiene sentido y la realidad, fragmentaria y dispersa, encuentra unidad en los libros. Y habló de la biblioteca de barrio en la que cayó dentro de 20.000 leguas de viaje submarino, aunque el bibliotecario [y me llamó la atención que fuera bibliotecario y no bibliotecaria] siempre los estuviera mandando callar.

Para acabar una quería arrancarle una pequeña crítica a nuestro Sant Jordi, a la larga jornada de caras y firmas que debe suponer para un autor, pero solo tuvo alabanzas para la fiesta del libro y de la rosa. Primero, alabanza para una sociedad que ha conseguido que haya un día al año en el que uno sea un miserable si por la noche llega a casa y no lleva consigo un libro y una rosa. Y segundo, alabanza porque ha conseguido reunir en un solo día dos jornadas que son un asco, el festivo domingo y el laborable lunes. ¡Si supiera que yo me desharía sin dudarlo de la parte laborable de Sant Jordi, que este año me va a retener toda la tarde en el trabajo!

Juanjo, se te veía delgado y cansado. Haznos el favor de cuidarte: descansar y comer bien. Como dijo otro de los asistentes al acto, tienes que vivir todavía muchos años para que podamos disfrutarte.

14 diciembre 2007

Pan y novelas

¿Es imaginable un mundo sin ficción? Definitivamente, no. Somos tan hijos de la carne y de la sangre como de las caperucitas rojas, de las blancanieves, de las madrastras, de los pulgarcitos, de los gatos con botas, pero también de las madames bovarys y de las anas ozores y de los raskolnikofs y de los bartlebys, por no hablar de los soprano y de los fraziers, de los seinfelds, o de los doctores houses. Desde que el mundo es mundo, mientras unos amasan el pan que comemos por la mañana, otros urden las historias que devoramos por la noche. Estamos hechos de pan y de novelas.

[El artículo, de Juan José Millás (al que no hemos felicitado por el ya no tan flamante Planeta, así que aprovecho la ocasión para hacerlo ahora: ¡Felicidades Juanjo!), no se titula “Pan y novelas”, sino “
Pan y cine”, y fue publicado en El País del pasado 9 de noviembre. En el enlace pueden leer el artículo a texto completo. La imagen es de Alexander Kalina.]

01 junio 2007

Escritores sin obra

- Se puede ser escritor sin escribir, pero no se puede ser decorador sin decorar. De hecho, el escritor más puro es el que no escribe.

No supo explicar por qué el escritor más puro era el que no escribía, pero intuyó que era así. Seguramente la historia estaba llena de grandes escritores cuya reputación reposaba en gran medida en el hecho de no haber escrito, o de haber dejado de hacerlo. Pero no imaginó la existencia de grandes decoradores que no hubieran decorado.

[Fragmento de Laura y Julio, de Juan José Millás.]
[La imagen es de sanja gjenero]

30 marzo 2007

Infiltrados

EL TOPO

Un escritor malo recibió de su organización colegial la orden de infiltrarse entre los escritores buenos para estudiar sus hábitos, sus formas de vida, sus contactos. El escritor malo sedujo a una novelista de prestigio que le abrió su casa y bajo cuyo techo escribió, para disimular, novelas buenas que fueron muy jaleadas por la crítica. Y aunque hay escritores buenos que a veces, sin querer, publican libros malos, él, para evitar sospechas, sólo entregaba al editor productos de primera calidad, con mucho monólogo interior y abundancia de oraciones subordinadas. Cada quince días enviaba a los suyos un informe en el que relataba el modo en que los escritores buenos se relacionaban con las editoriales, con el mundo académico, con los periódicos, y en el que daba cuenta también de las marcas de sus colonias, jabones o desodorantes.

Pero hete aquí que la escritora buena, lo sorprendió en cierta ocasión, sin que él se diera cuenta, escribiendo a hurtadillas (qué rayos querrá decir a hurtadillas) una novela mala. Tras esperar a que saliera de casa, revisó el disco duro de su ordenador, descubriendo que practicaba en secreto una literatura previsible, costumbrista, plana, sin ambición formal, etc. Descubrió también los informes que enviaba periódicamente al otro lado, revelando los secretos más íntimos de sus colegas. Dividida entre la fidelidad al amor y a la literatura buena, optó finalmente por ésta denunciando a su amante ante el Comité Nacional de Escritores Buenos, cuyas autoridades procedieron a su detención, aunque le perdonaron la vida a cambio de que en el futuro actuara de topo entre los escritores malos para descubrir sus fórmulas, sus trucos, su cocina.

Convertido de forma involuntaria en un agente doble, pasó el resto de su vida haciendo, desde los dos lados, informes que compatibilizaba con la creación de novelas buenas para los que creían que era un escritor bueno y novelas malas para quienes creían que era un escritor malo. Lo curioso es que no alcanzó la gloria por su obra buena, tampoco por su obra mala, sino por aquellos informes que había escrito sin otra voluntad que la de engañar a unos y a otros al objeto de salvar el pellejo. Todo es imprevisible.

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Juan José Millas, hoy, en El País (concretamente,
aquí).
La imagen es de Nick Winchester.

09 febrero 2006

Leer es rebelarse

La mitad de los españoles no lee: ahí sí que hay dos orillas, dos Españas, sobre todo si pensamos que la mitad de los que leen no entiende. En mis intervenciones en institutos y colegios intento transmitir, no sé si con éxito, la idea de que la lectura constituye uno de los pocos modos que van quedando de rebeldía eficaz frente a un mundo cada vez más mortificado. Se acabaron las revoluciones, las tomas de palacio; no hay más cera que la que arde. Eso no quiere decir que no haya que modificar la realidad (a nadie le gusta), pero hay que cambiarla a base de ponerla en cuestión de tal modo que ni ella misma se pueda contemplar en el espejo sin avergonzarse.Y eso se hace con palabras, con libros, no a guantazos. La mayoría de la gente que desprecia la lectura se asombraría de saber hasta qué punto el dominio de la palabra otorga un poder que no cabría atribuir a una herramienta tan humilde. De hecho, hoy, más que nunca, estamos gobernados por palabras. Desaparecidas, o en estado de gravedad extrema, las ideologías, los políticos nos gobiernan a base de jerga. Por lo general, no ganan las elecciones los programas, sino las jergas. Si al PP le ha costado tanto alcanzar el poder, y finalmente ha llegado a él de un modo tan precario, es porque, pese a los esfuerzos de Aznar, su gente ha leído poco y carece de jerga. Leer es poder. Con la lectura uno es capaz de cambiar totalmente su existencia y, en consecuencia, la de quienes le rodean. Eso es modificar la realidad.Hay en el mercado de la rebeldía multitud de productos que no hacen sino afianzar el sistema establecido, que necesita ser transgredido para certificar su existencia. La lectura no está entre esos productos porque es verdaderamente peligrosa. El que lee pone en cuestión al hacerlo todo el montaje en torno al cual chapoteamos. Es cierto que lo hace de forma silenciosa, pero ese silencio es más ruidoso que el de mil borrachos asaltando una comisaría después de que su equipo haya perdido la Liga. Por eso, quizá, las humanidades, en general, están cada vez menos presentes en los programas escolares, porque quienes mandan saben que leer es la forma de rebelión más eficaz en los tiempos que corren.

(Leer es rebelarse, de Juan José Millás)

Éste, y muchos (muchísimos) textos más, en su web.