25 febrero 2010

Embriagado

Pero cuando soplaba el viento del norte, descargando sus ráfagas y sus tempestades de nieve sobre la campiña, Ismael se refugiaba en la gran mansión. Había conseguido que el administrador le dejara la llave de la biblioteca. Era una habitación baja, llena de libros y con grandes sofás de cuero negro. Se hundía en el hueco de un sillón cerca de la estufa, que roncaba suavemente. En cada rincón, sobre un pedestal, había un busto de mármol de facciones serenas y ojos vacíos. Ismael leía. En los cristales, el hielo había trazado dibujos de bosques maravillosos, complicados encajes, plantas y flores de ensueño. Nada era comparable a la dulzura, al silencio de aquella habitación cerrada en que vivían los libros.

Ismael leía como quien se embriaga. Salía de sus lecturas con la cabeza llena de fuego, enajenado, aturdido, como si de repente acabara de despertarse de algún sueño. Había poesías que no podía repetir sin llorar y otras que le llenaban de un sentimiento parecido al terror.

***
Dejo el párrafo a medias porque seguir significaría desvelarles cuál es el drama que acosa al niño prodigio de la novela de Irène Némirovsky, algo que no podría perdonarme.

1 comentario:

Iris dijo...

me encantó esta novela...