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14 julio 2006

Llevadme a casa...

¿En qué veis que haya ocasión de desesperanza? No hay sino perpetuo nacimiento. Y, es cierto, existe lo irreparable; pero nada hay en él que sea triste o alegre, es la esencia misma de lo que fue. Es irreparable mi nacimiento porque estoy aquí. Lo pasado es irreparable; pero se os suministra lo presente como materiales en desorden a los pies del constructor y os toca a vosotros forjar lo por venir. (Ciudadela, de Antoine de Saint-Exupéry)

Escrito en el cuerpo hay un código secreto, sólo visible bajo ciertas luces; los posos de toda una vida se acumulan en él. En algunos sitios, el palimpsesto está tan trabajado que las letras, al tacto, parecen braille. Me gusta guardar mi cuerpo enrollado, lejos de las miradas curiosas. Sin llegar nunca a desplegarme demasiado, a contar toda la historia. (Escrito en el cuerpo, de Jeanette Winterson)

Pero, al fin y al cabo, somos libres. No nos limitan las leyes de nuestra naturalez, sino las maneras en que podemos imaginarnos librándonos de esas leyes sin violentar con ello nuestro ser esencial. Somos libres para trascendernos, si tenemos la suficiente imaginación para hacerlo. (Una vida imaginaria, de David Malouf)

Pero no sucedió nada, porque a la vida siempre le falta alguna cosa para ser perfecta. (Sin sangre, de Alessandro Baricco)

Aquella noche, mientras caminaba por el desierto, Aurélien tuvo la intuición de eso que sólo acude en el momento de morir: la vida depende sólo de la solidez de un hilo. Un hilo de oro tejido por los días en que uno comprende que la necesidad de calmar la sed será cada vez más fuerte que el placer de beber. Que la necesidad de permanecer con vida será cada vez más bella que el placer de vivir. (El apicultor, de Maxence Fermine)


[¿Qué es esto?]