28 agosto 2015

El señor Calvino

EL SOL

Calvino tenía en las manos un libro cuya tapa estaba ya por completo desteñida por el sol. Lo que antes era color verde oscuro estaba ahora transformado en un verde tranquilísimo, casi transparente.
Miró los otros libros de la estantería. Todos estaban perdiendo su color original, como si la luz del sol masticara o royese - sí, eso parecía el trabajo de un roedor sutil - la tapa de los libros.
Un libro, por ejemplo, que había sido colocado hacía menos de un mes en ese lugar de la casa donde el sol, a determinadas horas del día, incidía directamente, presentaba un aspecto curioso: sólo una línea de la parte de arriba había perdido el color, hacia abajo el resto de la tapa mantenía el vigor de la coloración inicial. No se sabe por qué asociación de ideas, pero Calvino se acordó de las diferencias entre las zonas del cuerpo tapadas o no tapadas, durante el verano, por el traje de baño.
Miró de nuevo la estantería y las tapas sin color y súbitamente se dio cuenta de todo: el origen primero del fenómeno, los verdaderos motivos de aquel acontecimiento que alguien podría clasificar, sólo en la superficie, como un acontecimiento químico. Pero no era así tan simple. Calvino no estaba delante de una mera alteración de sustancias, había allí una voluntad, una fuerte voluntad que se diría muñida de músculos frágiles. Y esa voluntad insuficiente venía del sol: el sol quería abrir los libros, su luz se concentraba, con toda la potencia, en la tapa de un libro porque lo quería abrir, quería entrar en la primera página, leer las narraciones, reflexionar a partir de grandes grises, emocionarse con los poemas. El sol quería simplemente leer, lo ambicionaba como el niño que está listo para entrar en la escuela.
Calvino meditó. De hecho, no se acordaba de haber visto una única vez un libro abierto al sol en una de sus páginas. Bien vulgar era que alguien, al aire libre, posara un libro en una mesa o en un banco de jardín (o incluso en el suelo), pero siempre, se daba cuenta ahora Calvino, siempre con las duras tapas cerrando su contenido, cubriendo el acceso a las principales palabras.
Era hora de que alguien actuara. Era hora de que alguien agradeciera ese toque cariñoso que en ciertos días la luz del sol proyectaba en el rostro del hombre, tranquilamente, más como salvándolo de una gran tragedia, de la desesperación, a veces incluso del suicidio.
Calvino miró de nuevo hacia los libros en la estantería contemplada por el sol. Rápidamente pasó los ojos por los lomos. Estaba recogiendo un libro para que alguien leyera. Con atención profunda elegía el libro más apropiado; no estaba, nótese, eligiendo de acuerdo a su gusto, sino de acuerdo al gusto del otro. Y finalmente sacó el libro.
- ¡He aquí un buen primer libro para un lector! - exclamó Calvino para sí mismo.
Lo abrió enseguida, en la primera página, pasada la ficha técnica (¿quién la lee?) y posó el libro, así, abierto, en el comienzo de la narración, de cara al punto por donde el sol acostumbraba a bajar:

Alicia comenzaba a hartarse de estar allí sentada al lado de la hermana, en la orilla del río, sin hacer nada.

Al día siguiente regresaría de nuevo para volver la página. Y en los días siguientes haría lo mismo hasta el final del volumen. Y si, después de eso, la luz del sol continuara forzando la entrada en los libros, Calvino respetaría ese ímpetu evaluándolo como la ansiedad de un lector que ya ha comenzado y no quiere parar, no puede: quiere leer más.
Si fuera el caso, Calvino elegiría otro libro - colocando algo nuevo bajo el sol -, después otro y otro, y regresaría todas las mañanas, sin falta, antes de que naciera el día, para volver la página.

***

El señor Calvino, vecino del señor Juarroz en El barrio de Gonçalo M. Tavares (ed. Seix Barral).

Léanlo.
Nada más que decir.