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05 junio 2007

Las piernas del alma

- Su marido colecciona libros, ¿no es así?
- Tiene una habitación llena.
- ¿Qué clase de libros?
- De toda clase. Es un hombre muy culto.
- ¿No le interesaban algunos en especial?
La mujer reflexionó brevemente.
- Puede que los muy antiguos – dijo –, pero no lo sé. Yo casi nunca entro en la biblioteca.
- ¿No comparte la afición de su marido?
- Oh sí, me encantaba leer. Sobre todo novelas románticas y poesía. Por desgracia, ya no puedo hacerlo.
- ¿Por un problema en la vista? – preguntó don Lázaro –. Ahora existen lentes correctoras muy eficaces.
- Mis ojos están bien – repuso la señora Brissot –. Lo que está mal es otra cosa. – Dejó escapar un suspiro –. Cuando tuve el accidente, no solo me fracturé la espalda; también me golpeé la cabeza y quedé inconsciente. Más tarde, cuando recobré el conocimiento, descubrí que no podía leer. Veía las letras, pero no significaban nada para mí; eran simples garabatos sin sentido. Y después de treinta años, eso sigue siendo lo que veo cuando abro un libro: garabatos.
- ¿Los médicos no han podido ayudarla?
- Los médicos están tan sorprendidos como yo. Dicen que el golpe debió lesionar la parte de mi cerebro que se ocupaba de la lectura y que no pueden hacer nada para remediarlo. – Sonrió con tristeza –. Aquella caída no me robó solo las piernas del cuerpo, sino también las del alma.

[Fragmento de La caligrafía secreta, de César Mallorquí]
[La imagen es un fragmento de ésta, y pertenece a un Corán del siglo XI (o eso dicen...)]

23 febrero 2007

Paraísos

Pero la mayor sorpresa me aguardaba en la última estancia que visité: la biblioteca. Era tan grande como el salón, pero los único muebles que allí había eran un escritorio, una silla y un sillón de lectura. Tres de las cuatro paredes estaban cubiertas hasta el techo por una inmensa librería de cerezo, en cuyos estantes descansaban miles y miles de polvorientos libros antiguos. En la cuarta pared había un mirador de madera y cristales coloreados, una chimenea y un montón de cuadros, esta vez, todos ellos retratos. (Las Lágrimas de Shiva, de César Mallorquí. Mi lectura a día de hoy).

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Se volvió hacia el anaquel que quedaba más cerca, rozando con un índice extendido los lomos de los libros. Sólo entonces reparé en la biblioteca. Todas las paredes forradas de volúmenes, miles de ellos. Junto a la puerta, un atril de pie sobre el que descansaba un tomo grande, encuadernado en piel, de pastas gastadas y letras plateadas en el lomo. Pensé que estaría ahí esperando a ser devuelto a su lugar. En el centro de la estancia, una mesa cuya superficie los papeles y libros no dejaban ver ni un centímetro, una lámapra y un sillón de orejas. Nunca había pisado un lugar como aquel. (El Anillo de Irina, de Care Santos. Mi lectura inmediatamente anterior).

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Es curioso cuando escoges dos libros para leer consecutivamente, uno después de otro, sin más motivo que, en este caso, mi apetencia por leer algo más de estos dos autores cuyos blogs visito asiduamente, y te encuentras con dos historias con tantas cosas en común... En este caso, por puro azar, han caído en mis manos dos novelas que destilan amor por los libros, la literatura y las buenas historias. ¡Qué suerte la mía!