11 julio 2013

Esa época del año (2 de 2)

Inventamos una civilización para ganar tiempo, pero la civilización nos ha hecho impacientes. Más tiempo para dedicarnos a más cosas y no para disfrutar cabalmente de los distintos regalos de la vida. Y este desasosiego se acompasa muy a regañadientes con la lectura, porque la lectura es mucho más que una simple relación accidentada de los ojos con los libros. No basta con el devorador de papeles impresos que sale a la caída de la tarde con el deshielo de los grandes edificios de oficinas y se aprieta en el asiento de un autobús o un metro, con un libro de páginas intermitentes, compañía casual entre trayectos, bajo una luz movediza, prestada, y un acumulado entorno impersonal de voces hostiles, apretones y vaivenes. La lectura es en realidad todo lo contrario; es un espacio, un lugar predilecto, una luz escogida, un libro vanidoso que no exige toda la atención, un ritual en el que importa hasta la época del año, porque casi todos los buenos lectores cambian de piel con las estaciones. La lectura no es un trámite, es una decisión sobre el estado de ánimo, una decisión en la que cada cual aprende mucho sobre sus manías, sus egoísmos y su generosidad. Lo mismo que la lujuria es una forma de sabiduría, un instinto aguzado, toda sabiduría, toda lectura es una forma de lujuria para quien la descubre con sinceridad, y como cualquier placer importante, se lleva muy mal con las prisas de esta época, tan inclinada a las literaturas frías, interrumpidas y breves.

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Luis García Montero en ¿Por qué no es útil la literatura?

1 comentario:

Elena Rius dijo...

Excelente cita. No puedo estar más de acuerdo. ¡Gracias!