15 junio 2006

Dos magos aparecerán en Inglaterra...

No soy una gran lectora "de género", y la fantasía no es una excepción. Ni siquiera he leído El Señor de los Anillos, y no es algo de lo que me jacte: al contrario, ojalá lo hubiera hecho, porque después de haber visto la trilogía de Peter Jackson unas cuantas veces ("Run, you fools!") dudo que me anime algún día a leer los libros de Tolkien.

Sin embargo, había algo en Jonathan Strange y el Señor Norrell que me decía que no podía dejarlo escapar. Hay libros que parecen emitir buenas vibraciones, a pesar de que haya indicios que me lleven a pensar lo contrario. Suelo huir de los supermegabest-sellers, y este parecía destinado a serlo – venía abalado por impresionantes ventas en otros países europeos, aunque aquí al final no ha sido el gran exitazo que quizá los editores esperaban. La publicidad, que hablaba de él como "el Harry Potter para adultos" tampoco me resultaba excesivamente atractiva – y es que tampoco he leído ningún Harry Potter, para qué os voy a engañar.

A pesar de todo, lo compré. Por supuesto, para regalar. Y a partir de ahí, toda una serie de personas a mi alrededor han ido cayendo bajo los encantos de la Susanna Clarke. La verdad es que al comprarlo (la primera vez, para nh), no estaba convencida de que fuera a leerlo (yo, no él; estaba convencida de que él lo devoraría), pero a medida que nh avanzaba en lectura de sus 800 páginas, y me iba haciendo partícipe de fragmentos especialmente sabrosos buscando el equilibrio entre despertar la curiosidad por el contenido sin apagar el deseo de más, me fui convenciendo a mí misma de que esta vez no dejaría que se me adelantara la versión cinematográfica.

La señora Brandy había conocido a Black cuando sir Walter heredó las deudas de su abuelo y ella el negocio de su marido. Cada semana poco más o menos, Stephen le llevaba una o dos guineas para ir saldando la deuda. Por extraño que parezca, con frecuencia la señora Brandy se resistía a aceptar el dinero.
- Oh, señor Black – decía –. Lléveselo. Estoy segura de que sir Walter lo necesita más que yo. La semana pasada el negocio marchó muy bien. Hemos recibido un chocolate especial que la clientela, muy amable, dice que es el mejor que se encuentra en todo Londres, infinitamente superior a cualquier otro chocolate tanto por el sabor como por la textura. Y de toda la ciudad viene la gente a comprarlo. ¿Quiere una tacita, señor Black?

Y sacaba el chocolate especial en una bonita chocolatera de porcelana azul y blanca, le servía una taza y le preguntaba ansiosamente si le gustaba, porque, a pesar de que acudía gente de todo Londres a comprarlo, para convencerse de sus virtudes la señora Brandy necesitaba recabar la opinión semanal de Stephen. Pero sus atenciones no se limitaban a la taza de chocolate, sino que, en general, se mostraba muy solícita respecto a su salud. Si había frío, le preocupaba que no se abrigara lo suficiente; si llovía, temía que se resfriara; si hacía un tiempo seco y caluroso, lo instaba a sentarse junto a una ventana que daba a un pequeño jardín muy verde, para refrescarse.
Cuando él se despedía, ella volvía a hablar de la guinea.
- En cuanto a la próxima semana, señor Black, no sé qué decirle. Quizá la próxima semana me haga mucha falta esa guinea. Los clientes no siempre pagan sus cuentas..., por lo que me permito rogarle que tanga la bondad de volver a traerla el miércoles. El miércoles, a eso de las tres. A las tres estaré libre y tendré preparado el chocolate, ya que usted ha tenido la amabilidad de decir que le gusta mucho.
Mis lectores masculinos se sonreirán al pensar que las mujeres nunca entenderán de negocios, pero las lectoras convendrán conmigo en que la señora Brandy entendía a la perfección el negocio más importante que se llevaba entre manos, que no era otro que el de lograr que Stephen Black se enamorase de ella tanto como ella se había enamorado de él.


"¡Soberbio!" es lo que pensé cuando nh me leyó ese primer fragmento. Cualquier persona que admire el fino sentido del humor de las novelas de Austen o las comedias de Wilde (The Importance of Being Earnest) o Sheridan (The School for Scandal) se derretiría ante el prospecto de leer Jonathan Strange y el Señor Norrell. Y yo me considero una de esas personas.

He tardado unos cuantos meses en caer, pero quería esperar a poderme dedicar en cuerpo y alma a una lectura como esta. Soy, principalmente, lo que podríamos llamar una lectora de transporte público. Hace poco, en una de las sesiones del club de lectura, un compañero comentaba que él también lo era porque no se veía sentado en un butacón con su lamparita y su manta leyendo una novela. No es mi caso: yo sí que me veo, pero el problema es que no tengo tiempo para hacerlo. Una tiene que trabajar, además de ser relativamente pobre y no poder pagar a nadie para que me barra, friegue, prepare la comida, haga la compra, etecé etecé, con lo cual el tiempo que me queda para dedicar a la lectura es el de los trayectos al trabajo o a cualquier otro sitio. No me quejo: es tiempo más que suficiente para leer. Puedo engullir una novela "estándar" (entre 200 y 300 páginas) en una semana con facilidad. Pero acarrear con el tocho de Strange durante dos o tres semanas hubiera sido demasiado para los músculos de mi espalda, bastante cargados ya de por sí tras las horas de trabajo delante del ordenador. ¿Qué mejor que esperar a las vacaciones para, durante unos días, cumplir mi sueño de butacón y lamparita, añadiendo un cojín sobre las piernas para apoyar las 800 páginas del "Harry Potter para adultos"?

A un ritmo de aproximadamente cien páginas por día, me ha durado una semana y media. Durante este tiempo no he vivido en L’Hospitalet de Llobregat, sino en Londres, Yorkshire, Portugal, Venecia y Tierra de Duendes. Me he codeado con ministros, militares, grandes damas de la alta sociedad y, por supuesto, magos. No solo he sido invitada a presenciar el renacimiento de la magia inglesa; mucho más que eso: Susanna Clarke ha creado un mundo en el que me he zambullido con mucho gusto.

¿Un mundo mágico? Sí, claro... un mundo donde los espejos nos pueden llevar por caminos desolados, donde los bosques pueden esconder seres misteriosos y donde vida y muerte no son valores absolutos. Los que buscan magia, la encontrarán. Con sus hechizos y sus encantamientos. Sí, quizá las varitas mágicas y las escobas voladoras no tengan un papel en esta novela, es cierto que la que se obra en las páginas de este libro no es la magia de siempre, pero ése es uno de los méritos de esta novela: reconstruye la historia "mágica" de un país aprovechando el pasado para ubicar los elementos mágicos a los que todos, por tradición, estamos acostumbrados y el presente (el del tiempo de los hechos narrados, que trascurre entre 1806 y 1817) para innovar, para reintroducir la magia de mano de los dos personajes protagonistas y hacerlo de modo acorde con los tiempos: "La magia ha de situarse al mismo nivel que las otras disciplinas".

¿Y los que, como yo, son reacios a la fantasía? El otro mérito de esta novela es conjugar en una misma trama la magia y el realismo. Y no me refiero a otro ejemplo más de "realismo mágico", sino a sumar los dos elementos: por un lado, la magia en todo su esplendor, Merlín incluido, y por otro, el realismo, la voluntad de retratar la sociedad de la época y sus costumbres, de incluir hechos (la batalla de Waterloo), personajes (Wellington, Byron) y escenarios (Londres, Venecia) no tan solo verídicos, sino históricos. La combinación de ambos elementos otorga a la magia un toque de realismo recubierto con una fina capa de crítica social y al realismo un punto de vista nuevo y sorprendente... mágico.

No hay excusa para dejar de leer Jonathan Strange y el Señor Norrell. Si todo lo anterior fuera poco, os encontraréis con una novela redonda donde cada elemento tiene su lugar (aunque al principio no lo parezca y creáis estar dando vueltas por un universo disperso que no lleva a ninguna parte, lo cual puede llegar a despistar) y al final todos acaban encajando milimétricamente, incluso aquellos que parecían no tener su sitio en la trama. Una novela de magia, sí, pero también histórica, de aventuras, realista y romántica, repleta de humor, de intriga, de historias dentro de la historia (¡maravillosas las notas a pie de página!), de sorpresas, de personajes pintorescos y... en fin... de todo lo que alguien a quien le gusten las buenas historias pueda desear...

En serio. No os la perdáis.

5 comentarios:

Miguel Sanfeliu dijo...

Tu entusiasmo es contagioso.
Y eso que a mí la magia, la literatura fantástica, no me va...
Además, se me amontonan los libros...
Pero has despertado mi curiosidad, caramba.

sfer dijo...

Bueno... la idea era transmitir que "Jonathan Strange..." es MUCHO MÁS que un libro más de magia y/o fantasía, y llamar la atención de gente como yo, que si no fuera porque le pican la curiosidad, jamás leería esta novela.

nh dijo...

la señorita clarke se ha tirado diez años de su vida componiendo esta obra de arte.

al parecer, la señorita kostova también se ha tirado diez años preparando su novela sobre drácula (la historiadora, o l'historiador, que es curioso el cambio de género según el idioma).

una de las dos es una obra de arte. la otra es un rollo estilo el código da vinci.

a ver si adivinais cuál es cuál y me ayudais a comprender el porqué se necesita el mismo tiempo para escribir una que para la otra.

Anónimo dijo...

Lei el libro hace unos meses en ingles y me encanto, recuerda mucho las novelas de Jane Austen y las "comedies of manners" con un elemento fantastico. Ella tiene una coleccion de cuentos que creo que sale en ingles este otono.

Gabriel M

Anónimo dijo...

El libro de Kostova tambien lo lei y es bastante maluco.

Gabriel M