Solo, sentado en una mesa, con una inusitada pila de libros frente a él, estaba el hombre más feo que había visto nunca. Bajito, torcido, curvado, bebía sujetando el vaso con las dos manos, apoyándose sobre los codos, y parecía como suspendido en el aire, porque estaba sentado, pero los pies no le llegaban al suelo. Llevaba un traje de chaqueta cruzada a rayas grises y negras mucho más grande que él; bajo un sombrero fláccido, una cara en la que no veías los ojos, aunque estaban, y en medio de la cara, una nariz aguileña que parecía postiza, como esas que se ponen en carnaval para hacer reír a los amigos.
- ¿Quién es, mamá? - no le había visto nunca antes.
- Ah, ese... - y mientras tanto me tiraba de nuevo del brazo -. Debe ser el nuevo librero.
[De El librero de Selinunte, de Roberto Vecchioni. Gracias, llibre vell, por la recomendación.]
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17 noviembre 2008
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