era que me contaras un cuento en la cama. ¿Te acuerdas?
- Malva - decías -, ¿cama y cuento?
Oír esas palabras era lo mejor del día, lo mejor de la vida.
Me acostaba.
- ¡Malva! - gritabas desde el pasillo -, ¿los dientes?
Me levantaba y me los lavaba. Y me los habría pintado de azul si hubiera hecho falta. Me los lavaba, y tan deprisa como era capaz: me esperaba un cuento.
Tú, mamá, cogías el libro; tengo esa imagen grabada, el momento mágico en el que abrías el libro y carraspeabas un poco. Yo cerraba los ojos y abría los oídos, en cuanto oía tu carraspeo. Empezabas a leer y me metía en el cuento poco a poco, como en el mar en verano a la hora de la siesta.
***
Leo estos días, además del interesante número 322 de Quimera (que me está obligando a googlear cada vez que me topo con un libro que me gustaría leer, con alegrías y decepciones), un buen montón de libros infantiles. Cama y cuento, de Gonzalo Moure, ha sido uno de los mejores. Un libro que debería ser lectura obligada para todos los padres.
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18 octubre 2010
21 noviembre 2006
Unas manchitas sobre papel...
Sí, quiero escribir lo que viví aquel verano en el Bosque de la Senda como si fuera un cuento. Un cuento ingenuo y limpio, pese a que hubo también dolor y muerte. ¿Lo leerá alguien, algún día? Quién sabe. La palabra escrita, mientras no se destruya el papel, sigue ahí para siempre, esperando unos ojos que la revivan. No hay magia más hermosa y fantástica: unas manchitas sobre un papel blanco que, al ser vistas, hacen que todo cobre vida.Pienso en un posible lector, solo uno: una niña, quizás, como yo fui. No sé cómo se llama, ni dónde vive, ni si será una de mis alumnas o, si aún no ha nacido, cuándo vivirá. Tampoco sé si le gustarán los pájaros y los bosques como a mí. Pero estoy segura de que le gustará leer, porque de no ser así no llegaría a leer esto nunca. Estaré con ella como la abuela estuvo conmigo aquel verano. La vida se repetirá con todos sus misterios.
¿Qué quiero? ¿Por qué quiero escribir para ella?
Me he levantado, he bebido agua y luego me he tomado un yogur mientras lo pensaba.
Creo que ya lo sé. Quiero que esa lectora vuelva a vivir por mí lo que yo viví entonces, que sea otra persona mientras lee: que sea la niña que yo fui. Aunque yo no lo sepa cuando ella esté leyendo, será un milagro: todo volverá a suceder. Y si soy capaz de hacérselo sentir a ella, es posible que yo también logre sentirlo, borrar la frontera entre la infancia y esta mujer adulta y algo reseca en la que me he convertido.
¿Es esta la respuesta?
Lo pienso.
Escribo para recrear la vida, pero eso no basta porque para eso ya está la vida.
Podría responder: porque me gusta.
Pero no es verdad, o al menos no es toda la verdad. Creo que escribo para hacer mejor la vida, para multiplicarla por diez, por mil, y con esas cifras hacer una vida menos fea.
Sueño y, a través del sueño, llego hasta tus manos, venciendo el tiempo: me estás leyendo, estoy viviendo en ti.
¿Me oyes? Está oscuro, no veo tu rostro, no sé siquiera si eres lectora o lector, pero oigo tu respiración, el latido de tu corazón. A veces lees en voz alta, pero muy queda: palabras susurradas, que son mías pero también tuyas. Estás ahí, estoy contigo, estoy en ti. Y te invito a que estés en mí, a que seas yo.
(Gonzalo Moure, en En un bosque de hoja caduca. III Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil)
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